• David Vilchis

¿Ya somos discípulos misioneros?


A Aparecida le siguió una verdadera efervescencia eclesial y pastoral. Por ejemplo, no se hicieron esperar innumerables libros, artículos, manuales, subsidios sobre los temas de Aparecida a nivel académico, pastoral y divulgativo. En principio, a 14 años de la publicación del documento conclusivo deberían poder apreciarse cambios en los grandes temas que puso sobre la mesa: en la (re)estructuración pastoral basada en la transversalidad e interlocución, en el calado de la misión continental permanente, en la actitud samaritana por parte de la Iglesia (es decir, espíritu de salida y acogida), en la formación de los agentes de pastoral como discípulos y misioneros incentivando el protagonismo de los laicos, en el impulso fuerte de la Comunión a gran escala y en el anuncio alegre del Evangelio, sin olvidar la decidida opción por las personas excluidas y descartadas.


En palabras del papa, la Misión Continental promovida por Aparecida cuenta con dos dimensiones: programática y paradigmática. La misión programática, como su nombre lo indica, consiste en la realización de actos de índole misionera. La misión paradigmática, en cambio, implica poner en clave misionera la actividad habitual de las Iglesias particulares. De esta forma, Aparecida propuso una verdadera reforma de las estructuras eclesiales. Cabe mencionar que no es nuevo, ya desde Medellín se apostaba por una evangelización en función de la opción preferencial por los pobres y con base en un nuevo modelo de Iglesia, que en aquel momento se identificó en las Comunidades Eclesiales de Base. En este sentido, Aparecida es la cúspide del pensamiento social latinoamericano. Ahora, el papa subraya que este “cambio de estructuras”, este pasar de estructuras caducas a nuevas, debe de ser consecuencia de la dinámica de la misión. Pues “lo que hace caer las estructuras caducas, lo que lleva a cambiar los corazones de los cristianos, es precisamente la misionariedad”. De ahí la importancia de la tan sonada conversión pastoral.


Y es que las formas de pastoral que fueron gestadas en periodos de estabilidad resultan contraproducentes en situaciones de cambio, como la que actualmente vivimos. De hecho, uno de los errores pastorales más comunes en todo el mundo es obstinarse a seguir el “camino acostumbrado”. Este camino estriñe a la pastoral a ocuparse casi exclusivamente de su “clientela” cercana (católicos practicantes), ignorando a sus fieles alejados (católicos no-practicantes). Esta pastoral funciona en una sociedad católica porque se educa a los no-practicantes para una vida cristiana mínima (piénsese en la limitación al bautismo y a una formación catequética básica). Pero, en nuestras sociedades contemporáneas, caracterizadas por la diversidad, la pluralidad y la secularización, esta pastoral resulta obsoleta y hasta endogámica y pierde la capacidad de dialogar y enraizarse en la realidad social que le rodea.

Ahora bien, como todo cambio es común encontrar resistencias y rechazos. No obstante, es importante no quitar el dedo del renglón y, desde nuestra trinchera, seguir promoviendo la reflexión y la acción hacia una misión paradigmática que, al mismo tiempo, lleve la palabra de Dios a las personas excluidas y descartadas por nuestros sistemas contemporáneos (a los que muchas veces defendemos) y transforme las estructuras eclesiales sacándolas de los empolvados anaqueles de los anticuarios y dándoles la capacidad de dialogar y aportar a los cambios que vertiginosamente se suscitan en la realidad social. Y, en este proceso, como laicos debemos tomar consciencia y sano protagonismo para llevar a buen puerto este proyecto. De hecho, históricamente, la pastoral social ha sido promovida por laicas y laicos comprometidos con enraizar el Evangelio en sus distintas realidades, siendo ejemplo de “ese torrente de energía moral que surge de la incorporación de los excluidos en la construcción del destino común” (FT, 169).


Así que, a 14 años de Aparecida y con la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe en puerta, no debemos de dejar de hacer un examen de consciencia y preguntarnos qué hemos hecho y qué nos falta por hacer en tan importante –y esencial– labor.

David Eduardo Vilchis Carrillo

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Referencias


Miranda, A., “¿Qué ha significado el Documento de Aparecida para la Iglesia de México?”, CEM, 2017. Disponible en http://cem.org.mx/Slider/82-ver-detalle.html

Strotmann, N., “Descifrando la Situación de la Iglesia en América Latina”, en: id. y José Luis Pérez Guadalupe, La Iglesia después de ‘Aparecida’ – Cifras y Proyecciones. Lima, Diócesis de Chosica, 2008, pp. 97 – 133.

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