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Santos y Difuntos

Luis Gustavo Meléndez Guerrero, FSC


La fiesta de todos los santos tiene hondas raíces en la historia del cristianismo. El sentido de esta celebración es, por una parte, resaltar la meta que en tanto bautizados tenemos, la vida en unión a Cristo, la vivencia coherente del Evangelio y el compromiso de ser operarios activos en la construcción del Reino. Dicha meta ha sido conquistada por muchas hermanas y hermanos que, siguiendo con ahínco las enseñanzas de Jesús, gozan hoy de la visión beatífica. Por otra parte, esta fiesta nos recuerda que esta vida de beatitud no es exclusiva de aquellos cuyas virtudes y santidad ha sido oficialmente declarada, antes bien, esta celebración quiere ser un aliciente que dinamice nuestra fe y nuestras obras, con la certeza de que tanto aquellos que han sido exaltados en los altares, como nosotros, peregrinos en camino, vivimos inmersos en la libertad y el amor de los Hijos de Dios, llamados a comprometernos unos con otros en la construcción de un Reino que está aquí (Lc 17, 21).


La certeza de sabernos comunidad tanto por quienes peregrinamos hoy, como por quienes han llegado a la casa del Padre nos invita a tomar conciencia de que la esperanza escatológica no es algo que esté postergado; no es solo la bienaventuranza la que nos espera, es también el compromiso con mi prójimo el que me re-clama e incardina en un aquí muy concreto. Así entendida, la esperanza escatológica se retrotrae al hoy, invitándonos a vivir en comunión fraterno-sororal ya desde ahora, de modo que ya desde nuestro diario vivir provoquemos una suerte de círculos concéntricos de acciones de amor y compasión, empezando por nuestro primer entorno, el hogar, y desde éste hacia otros contextos en los que nos desenvolvemos en nuestra cotidianidad.


Aunado a la fiesta de todos los santos, el calendario litúrgico nos invita a celebrar la fiesta de los fieles difuntos, en la cual recordamos la memoria de aquellos que, como señala la plegaria eucarística II del Misal Romano, se “durmieron en la esperanza de la resurrección,” y se acogieron a la “misericordia” del Dios bueno que ha extendido sus brazos para acogernos en su regazo. La tradición mexicana de recordar a los muertos es también una oportunidad de resaltar esta fiesta de comunión y de fe. Altares, flores, fotos, alimento y bebida, quieren ser la expresión simbólica de que aquellos que ya no están, participan con nosotros (y nosotros con ellos) en el banquete sofíanico-eucarístico. En este sentido, no celebramos la muerte, sino la vida. La enseñanza de los evangelios al hablar de la resurrección expresa la realidad de la Presencia del Señor mediante la potente imagen de una tumba vacía y la expresión “no está aquí, ha resucitado” (Mt 28, 6), con ello se nos invita a aprender a vivir no la experiencia de la ausencia, sino la de un modo distinto de presencia. Mantener viva la memoria de nuestros difuntos por medio de los relatos y anecdotarios familiares, de las flores y de los altares se convierte en un ejercicio de la memoria cordial que, por la fe, nos mantiene también en comunión con aquellos que ya contemplan el rostro de Dios, y que están también con nosotros en la memoria del corazón.


Con estos versos del poema Tenebrae de Paul Celan, podemos decir también nosotros:

“Ora, Señor,/ invócanos,/ estamos próximos”[1]

y con Simeón, en las bellas palabras del Nunc Dimittis, clamar:

“Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador” (Lc 2, 29-30).
 

[1] Paul Celan, Obras Completas, Trotta, Madrid, 2020.

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