¿Quién es el responsable? Acción individual o acción estructural

Por David Vilchis


Usualmente, cuando discutimos sobre problemas sociales, no podemos evitar preguntarnos por sus causas y posibles soluciones. Pregunta que suele desembocar en tratar de identificar acciones individuales o estructurales como la clave para entender los fenómenos sociales. Esta dicotomía la encontramos tanto en las discusiones cotidianas como en los más elevados debates académicos.


La tensión no es menor, pues el extremo por el que optemos revela nuestra comprensión del fenómeno y compromete nuestras acciones para afrontarlo. Por ejemplo, el Dr. Fernando Nieto señala que, si entendemos a la corrupción como una acción individual, como una conducta desviada o transgresora de los funcionarios, entonces los esfuerzos anticorrupción se concentrarán en acciones centradas en el castigo. En cambio, si se entiende como un riesgo latente en las estructuras organizacionales, entonces los esfuerzos buscarán establecer un modelo de gestión de riesgo que permita 1) identificar factores contextuales y organizacionales que favorecen la normalización de la corrupción; 2) proponer diseños específicos de políticas públicas para gestionarla de forma diferenciada; y 3) principalmente, transitar de un enfoque punitivo (propio de entender a la corrupción como un acto individual de trasgresión) a uno preventivo.



Otro ejemplo son las percepciones subjetivas sobre la pobreza y la desigualdad, de las cuales ya hemos hablado en otras entradas. A grandes rasgos, por un lado, si consideramos que la responsabilidad individual es causa de la pobreza (por ejemplo, pensar que hay pobreza porque el pobre no se esfuerza lo suficiente para salir de su paupérrima situación), entonces muy probablemente vamos a estar en contra de apoyar políticas de redistribución de la riqueza porque el pobre es el que debe esforzarse por salir adelante. La ayuda externa –particularmente del Estado por la cuestión de los impuestos– está condicionada a si se la merecen o no (lo que, a su vez, nos mueve a legitimar las desigualdades al considerar que existen por el poco o mucho empeño individual). Por otro lado, si consideramos que son causas estructurales las que perpetúan la pobreza, entonces es probable que apoyemos políticas de redistribución de la riqueza y demás acciones orientadas a promover cambios en las estructuras que consideramos injustas (y así también deslegitimamos las desigualdades).


Cuando movemos este debate a la reflexión desde la fe, solemos expresarlo en términos de conversión individual o estructural. A la pregunta por el cambio de determinados problemas sociales, solemos contestar que éste sólo llegará o con la conversión de los corazones (acción individual) o con la conversión de las estructuras de pecado (acción estructural).


La solución de esta proposición sin una salida lógica, no es sencilla. Pues, por un lado, hay que reconocer que la “acción individual” tiene un punto: sí se requiere esfuerzo personal para lograr cambios concretos. No obstante, por otro lado, este esfuerzo puede verse opacado por estructuras adversas, además de que éstas pueden comprometer los resultados a corto, mediano y largo plazo. Desde la cuestión ecológica hay muchos ejemplos de ello, ¿de qué sirve –además de calmar mi conciencia– que yo tenga un consumo responsable cuando el propio sistema global fomenta –e incluso se basa en– la sobreproducción y el consumo irresponsable? Pero ante la imposibilidad de que el sistema cambie de la noche a la mañana, no está de más cambiar nuestros hábitos de consumo.


Todo parece indicar que, como las preguntas importantes de la vida, la respuesta no es sencilla y no se puede reducir a una decisión entre negro o blanco. En este sentido me parece que va la reflexión del Pensamiento Social Cristiano.


Por ejemplo, el papa Francisco no deja de llamar a la conversión de los corazones y la considera el camino para lograr los cambios que la humanidad necesita, pero al mismo tiempo llama, propone y ejecuta acciones encausadas a reformar, a trastocar las estructuras de pecado que perpetúan las desigualdades y la injusticia. Esta visión también la encontramos en la distinción que hace –retomando a Santo Tomás de Aquino– entre el amor elícito (que procede directamente de la virtud de la caridad)que hacemos a personas concretas (por ejemplo, ayudar a un anciano a cruzar un río) y el amor imperado (actos de la caridad que impulsan a crear instituciones más sanas, regulaciones más justas, estructuras más solidarias) con el que se busca “organizar y estructurar la sociedad de modo que el prójimo no tenga que padecer la miseria” (FT, 186) (por ejemplo, construir un puente). Ambos actos, dice el pontífice, son de exquisita caridad e igualmente indispensables.


Sin duda, pensar los problemas sociales en términos de “individuo y estructura” en lugar de “individuo o estructura” es más complicado, pero nos permitirá salir de discusiones que corren el riesgo de ser bizantinas y podremos seguir avanzando en el necesario diálogo y colaboración que nos permitirá acercarnos un poco más a la consecución de una sociedad justa a la luz del Evangelio.

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