Con el agua hasta el cuello: la Cop26

Por Alejandro Aguilar


En un libro de reciente factura, Bruno Latour[1] develaba una paradoja singular: cuando los Estados Unidos utilizaban la retórica de “prevención” frente a enemigos exteriores venía seguida de una acción drástica y contundente. En el discurso bélico la precaución implicó un ataque previo al Irak de Hussein por el posible arsenal que podría tener, o un magno operativo de desplazamiento militar frente a la Cuba de los misiles forzándoles a replegar.


En cambio, cuando se trata de la crisis climática, equiparable en emergencia con una guerra, la respuesta es “prevención” aunque con un significado diferente. Pareciera que las opiniones que resuenan desalientan una decisión determinante: “Seamos cautos al regular a las grandes empresas, no vayamos a dañar la economía”, “sabemos que estas industrias generan grandes externalidades ambientales, pero son estratégicas para los intereses nacionales”. En el mejor de los casos, los plazos se alargan y las oportunidades se posponen.



Algunas personas, condescendientes con la forma en que se ha gestionado la política climática en las últimas décadas, afirman que esta postura ya es un gran avance. A comparación con las palabras del entonces presidente George W. Bush quien en la cumbre de 1992 en Rio de Janeiro llegó a afirmar que “The American way of life is not negotiable” (el estilo de vida americano no es negociable), hablar de reducción de emisiones y compromisos globales parecería un gesto amable.


El compromiso mundial de mantener el aumento de la temperatura por debajo de los 2 grados, en el rango de los 1.5, pareciera señalar, finalmente, que nos encontramos embarcados en un solo proyecto, una sola crisis, una sola solución. Spaceship Earth, como se solía promover subversivamente a inicios del movimiento ecologista, ha pasado a ser parte de la ideología mainstream. El punch line reza engañosamente que nos encontramos unidos en la alegría y la adversidad o, en lenguaje laico, que el cambio climático es problema de todos.


No obstante, analizado con mayor cuidado el problema no deja de ser el mismo, aunque ahora adornado de ropajes verdes. De acuerdo con un reciente reporte de Oxfam, la distribución de emisiones de gases de efecto por nivel de ingresos se encuentra altamente diferenciada. Donde los ultra-ricos consumen el planeta a grandes bocados, los menos favorecidos pasan hambre. El nivel estimado hacia 2030 seguiría marcado por amplias diferencias:

● El 1% más rico tendrá emisiones 30 veces superiores a las máximas per cápita para llegar a la meta de 1.5 grados. Esto significa que serán 25% más altas que en 1990 y 16 veces superiores a la media global.

● Para el 10% más rico las emisiones estarán 9 veces por encima del máximo deseable.

● La clase media mundial, el 40% siguiente, doblará el requisito.

● El 50% más pobre se encontrará tan abajo que aunque multiplica sus emisiones por 3 (un 200%) se mantendría aún dentro de los límites.


Aunque el discurso sobre la crisis climática cambió, la realidad se resiste. La desigualdad, aquella otra crisis crónica que pasa desapercibida, se encuentra en el corazón mismo del problema. El estilo de “vida imperial de los ricos”[2], otrora considerado no negociable, es el principal motor de la degradación ambiental. Las métricas nacionales resultan incluso engañosas. Cuando se identifica el papel de los países del sur global en la emisión de gases o el consumo de recursos naturales pocas veces se aclara que los beneficios (ya sea bienes de consumo o servicios) son destinados a los países del Norte cuyas industrias contaminantes fueron deslocalizadas a lo largo de las últimas décadas. Difícilmente se puede hablar de países del primer o el tercer mundo, sea lo que sea que signifique. La división se resuelve en lo más simple: la eterna desigualdad entre los que tienen y los que no.

En el otro extremo, el estilo de vida de quienes convencionalmente se consideran pobres (desde criterios eurocéntricos y fatalmente insensibles a las consideraciones climáticas) se malbarata en una negociación ciega. El simbólico llamado del primer ministro de Tuvalu, Kausea Natano, desde un atril inundado no sirve de advertencia, sino de constatación:


“Quiero dejar claro que, incluso si todas las emisiones de gases de efecto invernadero cesaran mañana, Tuvalu y otras naciones de atolón de baja altitud se hundirán y nuestra tierra desaparecerá. En todos los escenarios actuales de emisiones considerados, las temperaturas de la superficie mundial seguirán aumentando hasta al menos mediados de siglo. El calentamiento global de 1.5°C y 2°C se superará durante el siglo XXI a menos que se produzcan reducciones profundas de las emisiones hoy en día. En este momento, el 40% del distrito central de la capital de Tuvalu, Funafuti, ya está por debajo del nivel del mar en las mareas más altas. Estas no son medidas predichas, medidas futuras; esta es la realidad con la que vivimos hoy.”



Nuevos criterios resultan necesarios para corregir la dramática situación. En mi opinión, hemos de apostar por la ecología popular: las formas en que colectivos de personas, mayormente indígenas, coexisten armoniosamente con el medio que les rodean constituyen un reservorio de saberes del cual debería de aprender el mundo occidentalizado. Sin embargo, nuestra convivencia con dichos núcleos de población rara vez es pacífica, como los dolorosos testimonios de los defensores del territorio atestiguan.

A la luz de las proyecciones de emisiones que tenemos disponibles, la ecología popular gana relevancia por dos razones adicionales. La primera, que frente a un sistema económico indoblegable por los mecanismos políticos institucionales, las comunidades antes referidas retiran del alcance del mercado y del Estado desarrollista bienes naturales. Los límites al capital se ejercen desde los márgenes, con las defensoras de las selvas, los ríos y los mares. Lo pagan al precio más alto, con su vida.


Más aun, formas alternativas de producción y de consumo terminan, a la postre ¡subsidiando ecológicamente el confort de los ricos! Si este planeta no se ha agotado es porque una mitad del planeta, la que sobrevive, asiste a la SUPER-VIVENCIA (con mayúsculas) de una minoría. La crisis climática se encuentra entre nosotros y permanecemos insensibles únicamente en la medida en que pertenecemos al segundo grupo, el que a pesar de toda la palabrería renovada sigue considerando su estilo de vida no negociable.



1. Bruno Latour, Facing Gaia:Eight Lectures on the New Climatic Regime, Angewandte Chemie International Edition, vol. 6 (Cambridge: Polity, 2017).

2. Expresión que tomo prestada de Francisco Serratos, autor de El Capitaloceno. Una Historia Radical de La Crisis Climática (Ciudad de México: UNAM - Festina, 2020).

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