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Dinero y descarte

Actualizado: 30 sept 2022

“Nadie puede rescatarse a sí mismo, ni pagar a Dios su propio precio. Demasiado caro sería el rescate de una vida. Nadie puede salvarse con el dinero”

Francisco, 2013




I

¿Qué existe, en las sociedades modernas, que no se pueda comprar? Nos sorprenderíamos al reflexionar sobre las pocas cosas que, aún se resisten al encanto del dinero: ya sea directamente, bienes y servicios que se ofrecen abiertamente en mercados, como indirectamente, todo el conjunto de acciones humanas que persiguen el enriquecimiento. La experiencia de la vida cotidiana se ha convertido, de más en más, en un paseo por un gigante supermercado. Aquí una venta, allá una compra. El dinero se vuelve el nuevo lenguaje del mundo, la lengua franca que todas las bocas hablan. Mientras tanto, deambulando por los pasillos, el 90% de las personas viven en el filo del equilibrio, cuidando que al fin de mes sus cuentas sigan en números negros.


II

Hay dos críticas fundamentales que se le pueden realizar a la idolatría del dinero y la sociedad-mercado. Una socioeconómica y ecológica que se centra en las consecuencias de volcar la vida humana y la supervivencia del planeta al oro. La otra, moral y cultural, que nos habla de la degradación de la dignidad humana que la traducción monetaria del mundo impone. En el actual contexto de crisis, ambas deben de tomarse de la mano y caminar juntas.



III

El dinero tiene una particularidad que lo hace único: contradice los principios aceptados de la física, la gravedad misma, pues corre de abajo hacia arriba. La sabiduría popular lo capta con gracia: “dinero llama a dinero”. Quien lo posee con cuantía puede “ponerlo a trabajar”, eufemismo cruel que despersonaliza el trabajo de quienes no lo tienen. La acumulación de dinero, en este contexto, produce descarte a través de la desigualdad. En este sentido, también podemos entender las severas críticas de los padres de la Iglesia a las riquezas, pues como señalaba San Agustín, las riquezas son injustas o porque las adquiriste injustamente o porque en sí mismas son injustas en cuanto tú tienes y el otro no, en cuanto uno nada en la abundancia, mientras el otro sufre en la miseria. (Salmo 48)


El mercado, antaño, era un espacio concreto de la ciudad al que se acudía para adquirir cierta clase de bienes que no producía la comunidad; ahora se encuentra por doquier, o mejor dicho la comunidad se ha inundado de mercado. Cuando todo lo que vale la pena está a la venta, quien tiene mucho dinero se encuentra a sus anchas en el mundo, yace todo a su alcance; por el contrario, quien nada tiene, se limita a deambular por los aparadores tratando de saborear con la vista – si se le permite- o fantasear mejor fortuna en otra vida.

Una sociedad de mercado se mueve por su propia lógica. Mantener la vida pasa a segundo plano, el imperativo ahora es mercar todo el tiempo. Para lograrlo, el mercado se derrama hasta los confines más recónditos. El medio ambiente puede ser procesado, mercantilizado y luego descartado, o descartado de entrada si no se le considera útil para el mercado. El dinero se reafirma como la lengua más fácil de dominar, pues a través de él hablan las rocas, los árboles, los ríos, los animales…


IV

Las personas somos en relación, en el otro nos encontramos cuando lo encontramos. Cuando todo intercambio está mediado por el dinero -su ser, su trabajo, su valía- se vuelve una realidad objetivada y limitada. El encuentro se reduce a un simple nexo, abstracto y fantasmal. No es que el dinero, por sí mismo, no pueda funcionar como facilitador de intercambios. Es cuando la totalidad de la relación se ve reducida a su expresión monetaria, esta ha adelgazado a su límite más bajo. La alteridad se vuelve indiferenciable.

El mundo mismo se vacía de sentido. Donde antes hubo multiplicidad de lenguajes de valoración -afectividades, sensibilidades, estéticas e imaginarios-, ahora todo se reduce al plano de lo mensurable. Algún mercantifílico argumentará, optimista, que esto es favorable: “¡ahora todo está en relación con todo!”. Cuando todo se mide en el mismo patrón, podemos saber cuantos dólares cuesta un rayo de sol, un día de trabajo o un trasplante de corazón.

El riesgo, en todo caso, es volver sagrado al dinero. Ateo no es aquel que no cree en un Dios, pues igualmente puede considerar valioso a su prójimo y cuidar de él, sino el que se hinca frente al dinero y acepta a cabalidad sus consignas. Aquel pobre individuo no cree en el prójimo, con quien compite por lo sagrado, pero tampoco en él, pues su confianza disminuye si la suerte en los negocios lo abandona. Se descarta a sí mismo como los millonarios que se quitan la vida cuando sus acciones se desploman.


V

La persona que amablemente llegó hasta aquí habrá notado que recurrentemente hablé del “todo”: “cuando todo está a la venta”, “todo se reduce al plano mensurable”, etc. Así, reiterativamente, pretendo asentar el argumento. El dinero produce descarte cuando se convierte en la totalidad de la vida social, cuando ordena nuestras vidas y nuestras relaciones, coloniza lo más íntimo y lo más necesario. Una agenda para salir de la crisis consiste en devolver el mercado a un espacio confinado de la comunidad y el dinero a una forma específica de relacionarnos.

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