• Alejandro Aguilar

El futuro del trabajo


El trabajo, en los últimos años, ha sufrido múltiples transformaciones. Pero, particularmente podríamos centrarnos en 3 momentos. Primero, el nacimiento del trabajo como institución social moderna con la Revolución Industrial, donde muchas personas migraron de parcelas en el campo y pequeños talleres a las fábricas: lugares abarrotados donde se trabajaba de forma hacinada en horarios extenuantes (¡más de 14 horas al día!), dependientes de los patrones que pagaban sueldos apenas suficientes para subsistir. En esa época, desde Marx hasta León XIII, se hablaba de la “cuestión social”.


En un segundo momento, las épocas de desarrollo económico que siguieron a la Segunda Guerra Mundial (v.g., “milagro mexicano”) donde hubo un compromiso entre capitalistas, aquellos que tenían la propiedad de los medios de producción, y quienes trabajaban para ganarse un salario (obreros, proletarios) para que, en la medida en que los primeros aumentaban sus ganancias, los segundos pudieran aumentar también su calidad de vida. En aquellos años se podía hablar de la edad de oro del trabajo, caracterizada por bajas tasas de desempleo, altas tasas de productividad y aumento en los beneficios que se repartían al grueso de la sociedad. Como consecuencia, aumentaron las prestaciones sociales, los salarios, la cobertura de los sindicatos, disminuyeron las horas trabajadas y, en términos generales, aumentó la calidad de vida de las personas trabajadoras.


En tercer y último lugar, llegamos al panorama cambiante de la actualidad donde podemos identificar una gran tendencia: competencia entre países para ofrecer salarios más bajos y estándares laborales más flexibles (como la protección social) con la finalidad de atraer a las empresas a sus países a costa de sus trabajadores, generando en algunas regiones desempleo crónico, informalidad y precariedad laboral. En este contexto, algunos autores, como el francés Pierre Rosanvallon (1995), han llegado a hablar de la “nueva cuestión social”.


Así, en la actualidad, el trabajo parece más amenazado, donde se vislumbra una próxima transformación que se puede expresar de forma muy sencilla: cada vez es necesario menos tiempo social (menos horas por persona) para la producción debido a la automatización de procesos productivos a través de novedosas técnicas de gestión y maquinaria sofisticada. Por poner un ejemplo sencillo, si antes dos zapateros hacían un par de zapatos en un día, un zapatero y una máquina pueden hacer dos pares de zapatos en un día y, quizá, dos máquinas solitas puedan hacer cuatro en el mismo periodo de tiempo (por poner un ejemplo burdo). En otras palabras, el trabajo humano está siendo, crecientemente, desplazado de la esfera de la producción.


Adicionalmente la productividad humana ha aumentado considerablemente. En la mayoría de los países, aunque no tristemente en México, los trabajadores generan cada vez más valor con menos tiempo de trabajo, lo que vuelve superfluo ciertas cantidades de horas trabajadas. Volviendo al ejemplo anterior, si antes dos zapateros hacían un par de zapatos en un día, labor para la cual ahora es necesario sólo un zapatero en el mismo periodo de tiempo entonces el segundo, probablemente, vería peligrar su empleo.


Esto entraña dos posibles alternativas, una pesimista y una optimista. La pesimista arguye que los trabajos más fáciles de automatizar (como los oficios, los sectores primarios y de transformación) serán los primeros en ser desplazados, condenando a estas personas a la irrelevancia económica y la exclusión. La optimista, con la que nos identificamos, implica cambiar profundamente las estructuras e instituciones sociales para sacar el mejor provecho a esta transformación. Dos medidas deberían, en mi opinión, ser las principales:


  • La reducción de las jornadas laborales con la finalidad de liberar horas de trabajo. La lógica es casi puramente aritmética: si una empresa necesita 80 horas de trabajo para cumplir con sus metas de producción, entonces probablemente busque mantener altos márgenes de ganancia al contratar a 2 personas que trabajen 40 horas cada una. Sin embargo, una empresa más comprometida con la sociedad podría mantener los salarios a esas 2 personas y sumar otras 2, ocupando cada una 20 horas de trabajo y cumpliendo con las metas de producción.

  • La separación de los mecanismos de seguridad social del trabajo generando sistemas de bienestar independientes. Actualmente, en sociedades como la mexicana en donde más de la mitad de las personas que trabajan lo hacen en el sector informal, éstas se encuentran excluidas de la seguridad social (servicios de salud, vivienda, fondos de ahorro, pensiones, etc.). Si transitamos a esquemas universales de seguridad social las personas podrán tener asegurado los insumos mínimos para vivir con dignidad, sin importar su relación con el mercado laboral (que de cualquier forma se convertirá en una esfera independiente de la vida humana por la creciente automatización). He escrito sobre eso aquí, acá, y acullá.


Alejandro Aguilar Nava

Preguntas y comentarios siempre recibidos en alejandro.aguilar@imdosoc.org

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