El problema de las ideologías

Por David Vilchis


Parafraseando a Aristóteles, “ideología” se dice de muchas maneras. Sin embargo, parece que la acepción más generalizada del término es entenderla de forma peyorativa, como un engaño deliberado, un error o una manipulación. No pongo en duda que existan actores sociales que deliberadamente, con intenciones manipuladoras, generen y promuevan ideas engañosas (todo el fenómeno de las fake news es un ejemplo reciente y vívido de ello).

Sin embargo, si lo ocupamos indiscriminadamente contra todos aquellos que piensan diferente a mí, anulamos todo intento de diálogo y minamos, desde el inicio, toda posibilidad de construir puentes, principalmente, por cuatro razones:



1) Trivializamos o banalizamos las convicciones del otro. Damos por supuesto que, como el otro tiene y promueve una ideología, entonces sus motivaciones son ingenuas o erradas, en el mejor de los casos, u ocultas y perversas, en el peor de ellos. Así, corremos el riesgo de infantilizar al prójimo, de considerarlo alguien quien solo merece nuestra condescendencia o nuestro compromiso formador, para hacerle cambiar de parecer; estableciendo una relación desigual donde, consciente o inconscientemente, rebajamos al otro y nos imponemos a él. No obstante, el mayor riesgo es ver a mi prójimo como un agente del mal, como un enemigo de la sociedad y de la verdad ante el cual, solo podemos responder con una declaración de guerra, justificando así todo intento de cruzada, aunque se acompañe de odio y violencia.

2) Hacemos una caricatura del pensamiento del otro. Muchas veces, categorizar una forma de pensamiento como “ideología” implica simplificar posturas. El problema es cuando consideramos a esa simplificación, que nosotros mismos hicimos, como toda la propuesta. Además, incluso, tendemos a homogeneizar, a meter en un mismo saco una diversidad de posturas y las tratamos como si fueran una sola postura monolítica. Todo diálogo requiere escucha y comprensión, elementos que se minan si hacemos de nuestra visión reducida, sesgada y malinterpretada, nuestra interlocutora. Así, terminamos discutiendo más con las efigies que hemos hechos del otro, que con el otro mismo.

3) Desestimamos la verdad que hay en el pensamiento del otro. Parafraseando la desconfianza cartesiana a los sentidos: “Si te engañan una vez, es probable que te engañen siempre.” Así, si considero que el pensamiento de mi prójimo es una mentira, entonces muy probablemente tenderé a desestimar en bloque todos sus argumentos. Al hacer esto, me cierro totalmente a una perspectiva distinta a la mía que, en tanto tal, ha tenido acceso a formas de ver la realidad a las que yo no he podido ver o considerar. Además, evocando al texto bíblico, puedo llegar a obstinarme y “endurecer mi corazón” e ignorar, desestimar y hasta criminalizar voces, luchas y demandas justas.

4) Limita la autocrítica. Si partimos de que el otro está mal, implícita (o explícitamente) estamos asumiendo que nosotros estamos bien. De esta forma, la “ideología” se vuelve un concepto descalificador que nunca lo vamos a usar contra nosotros mismos. Al contrario, el que siempre va a tener y promover pensamiento ideológico va a ser el otro, a quien convierto en mi adversario. En cambio yo, mi grupo o quienes pensamos semejante, vamos a tener la filosofía o cosmovisión verdadera hacia la cual debería tender la realidad. Así, en contraparte al punto anterior, nuestra pretensión de poseer la verdad, de tener la razón, de estar haciendo lo correcto, nos puede llevar a reproducir y legitimar pensamientos y acciones injustas.


Los cuatro puntos anteriores atentan contra la riqueza de la diversidad y constituyen verdaderos muros que levantamos ante quienes piensan diferente. No estoy haciendo una apología al relativismo, sino al pensamiento crítico, pues pensar críticamente no significa desestimar automáticamente todo cuanto se me ponga enfrente, sino hacer una valoración justa y racional de todos los esquemas de pensamiento; tanto ajenos como propios. Además, tendemos a considerar al otro como un adversario, como un enemigo al que hay que enfrentar, vencer, subyugar e incluso aniquilar, en vez de considerarlo como mi prójimo, un hermano, con el que debo colaborar en el cuidado de la casa común y en la consecución de una sociedad más justa.


En una entrada anterior, proponía resignificar la palabra “ideología” y tratar de entenderla sin la carga peyorativa que tiene el concepto. En este sentido, mi invitación el día de hoy es a problematizar lo que entendemos por ideología, a quienes les imponemos esta noción y por qué lo hacemos. Hay que escudriñar en nuestras motivaciones para considerar que cierto pensamiento es ideología y a ser conscientes de las implicaciones de nuestras categorizaciones. Finalmente, considero que esta propuesta es una de las “renuncias y paciencias” a las que nos invita el papa Francisco a asumir para “ayudar a crear ese hermoso poliedro donde todos encuentran un lugar.” (FT, 190)

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