Hildegarda von Bingen. Una luz en el corazón de la Edad Media
Cristian Cano 1

El siglo XII europeo suele evocar la imagen de un despertar catedralicio cuyo punto culmen fueron sus altas torres y sus vidrieras de colores; un renacimiento urbano que dio a luz a los grandes burgos, y el florecimiento de una escolástica que buscaba encorsetar el misterio divino en las estructuras silogísticas de una prístina razón. Sin embargo, en medio de este paisaje de disputas teológicas y reconfiguraciones políticas2, emerge la figura monumental de Hildegarda von Bingen (1098–1179). Esta monja benedictina, mística, compositora, naturalista y consejera política no solo desafió las limitaciones impuestas a su género en una época primordialmente dominada por hombres, de los que es bien común encontrar el calificativo de “doctores” tanto como de “santos”; no así con las mujeres que, a menudo, se redujo su sabiduría a artilugios de hechicería y aquelarres obscuros; para estas sabias mujeres, fue más común llamarlas “brujas”. Pero tenemos aquí un caso curioso en esta abadesa benedictina de finales del siglo XI y ya bien afincado el XII, al punto de haber legado a la posteridad un modelo de conocimiento que hoy llamaríamos transdisciplinar, digamos que ya desde el principio, hasta en la personalidad de sus exponentes, la escolástica configuró el espíritu de los grandes hombres y mujeres: Hildegarda fue un fruto sustancioso del fecundo árbol de la escolástica temprana, empero, no se la puede enfrascar en este andamiaje de saber medieval. Su vida y obra no representan un eco aislado de la Edad Media, sino una impugnación viva a la fragmentación del saber contemporáneo3. De hecho, en un mundo que separaba el cuerpo del alma, fatigado tanto en la especialización fragmentaria del saber como de la vida, Hildegarda nos ofrece una cosmovisión donde la Tierra, el cuerpo humano y la divinidad respiran bajo un mismo pulso vital: la viriditas o la fuerza verdicente de la creación.
¿Qué fue lo que la salvó de haber sido condenada o estigmatizada al olvido para la posteridad y que, por el contrario, se halla inscrito en la lista de los Doctores de la Iglesia?4 ¿Qué nos puede decir, a los hombres y mujeres del siglo XXI, una mujer cuyo nombre nos evoca el obscuro mundo de la Edad Media?5 Echemos un vistazo al ethos primordial que vio brillar a una luz tan clarividente, que le basto brillar con luz propia.

Para comprender la magnitud de la abadesa de Rupertsberg, es imperativo situarla en el tablero del siglo XII. Este fue un periodo de profunda inestabilidad y transición. Recordemos que a todo renacimiento, le precede casi siempre una antesala de conflictos y sequedad. El Sacro Imperio Romano Germánico se encontraba fracturado por la Querella de las Investiduras y los constantes choques entre el papado y el emperador Federico I Barbarroja hacían mella a un impuso paciente de tranquilidad6. La Iglesia, por su parte, lidiaba con la necesidad de una reforma interna mientras veía surgir movimientos heréticos que cuestionaban su opulencia y su estructura jerárquica7.
En este contexto de turbulencia geopolítica, el monacato femenino —y específicamente la orden benedictina— se erigió como uno de los pocos espacios donde las mujeres intelectuales podían encontrar un asilo para el pensamiento. El monasterio se convirtió en la estructura institucional más idónea para la mujer prudente que quisiera cultivar su curiosidad científica, que no siempre su vocación más piadosa, sin que ésta fuese estigmatizada así porque sí, de amante de satán o misteriosa bruja8. Hildegarda ingresó muy joven al monasterio de Disibodenberg, bajo la tutela de Jutta de Sponheim, una mujer cautelosa, circunspecta, más santa que docta pero afín al espíritu creativo de su joven novicia. Tras la muerte de esta, asumió el liderazgo de la comunidad y, guiada por sus visiones, tomó la audaz decisión política y logística de fundar un monasterio propio en Rupertsberg, y más tarde otro en Eibingen. Su espiritualidad no fue una huida del mundo, según la forma usual de renunciar a la vanidad y guardarse en el silencio del desierto, sino un anclaje en el siglo. Su estatus de visionaria, lejos de recluirla en el silencio, funcionó como una credencial de legitimidad teológica que le permitió intervenir activamente en la alta política europea, carteándose con papas como Anastasio IV y Adriano IV, y afeando públicamente las ambiciones eclesiásticas del propio Barbarroja9. De modo que, su talante visionario no la sumió en el sigilo de la celda monástica, sino que la colocó en la sala conventual donde recibía a un campesino enfermo igual que al mismo Bernardo de Claraval.
La principal genialidad de Hildegarda von Bingen radica en su saber integrador. Mientras la naciente intelectualidad de su siglo comenzaba a parcelar el conocimiento en disciplinas estancas, Hildegarda cultivó una epistemología de la totalidad. Sus grandes obras teológicas y cosmogónicas, como Scivias (Conoce los caminos), el Liber vitae meritorum (Libro de los méritos de la vida) y el Liber divinorum operum (Libro de las obras divinas), no se oponen a sus tratados de medicina natural y física, como es posible observarlo en su Physica y Causae et curae10. Al contrario, se complementan. A esta mujer virtuosa, no se le escapa de cabeza a rabo, aquello que implica la cura para una dolencia igualmente estructural.
Para la sibila del Rin, el cosmos es un tejido orgánico donde la macroestructura del universo se refleja simétricamente en el microcosmos del cuerpo humano. En este sentido, Hildegarda se sitúa en el umbral del magnífico redescubrimiento de la Naturaleza, que no podremos observar con cierta claridad y nitidez sino hasta el siglo XII, ya con la jocosa forma de los hombres de aquel siglo, porque, para entonces, no hubo otra mujer que nos enseñe a ver la armonía macro y microcósmica con unos ojos femeninos11. Si la teología occidental posterior tendió a sacralizar el alma y a vilipendiar el cuerpo, Hildegarda restituyó la dignidad de la carne a través de la observación de la naturaleza. Su habilidad para curar los males y las dolencias encuentra su mejor herramienta en la observación del malestar y la atención orgánica de lo que cura no solo el cuerpo, sino también el alma. Se dice que, a menudo, podía prescindir de antídotos o siquiera ungüentos naturales, cuando la apacible charla con el enfermo devolvía ya, parte de la salud a su espíritu quebrando. En el laboratorio vivo de la enfermería conventual, Hildegarda operó una auténtica revolución botánica al rescatar el saber empírico de las tradiciones populares —entonces desdeñado por la naciente medicina universitaria como mera superstición o "remedios de viejas"— para dotarlo de una estructura cosmológica formal. Mientras los tratados teóricos de su tiempo se limitaban a replicar ciegamente el canon grecolatino de Galeno o Dioscórides, la abadesa renana se convirtió en una de las primeras naturalistas en registrar y clasificar sistemáticamente la flora autóctona germana a partir de la observación directa, asignándole a cada planta una cualidad térmica y húmeda que determinaba su potencial curativo. Especies que en el siglo XII eran conocidas únicamente por sus nombres vernáculos y su uso rudimentario en los huertos campesinos —como la lavanda, la caléndula, el hinojo o el milenrama— fueron elevadas en sus escritos a la categoría de agentes terapéuticos fundamentales. Hildegarda descubrió que estas plantas no poseían propiedades estáticas, sino que actuaban como sintonizadores de los humores corporales, capaces de disipar la melancholia (la bilis negra) y de restaurar la viriditas perdida del enfermo. Así, al desentrañar el secreto de las raíces y las hojas, la sabia benedictina no solo catalogó el reino vegetal de su entorno, sino que tendió un puente imperecedero entre la sabiduría de la tierra común y la ciencia médica. Se nos antoja imaginar a esta robusta monja, explorando los húmedos bosques que cobijan el Rin, absorta en el paciente comportamiento de las plantas, observación solo interrumpida por el repicar de las campanas anunciando la hora sexta12.
Sus composiciones musicales, como otro ejemplo traído a cuenta, recogidas en la Symphonia armonie celestium revelationum, no eran mero adorno litúrgico, sino la manifestación sonora de la armonía cósmica que el pecado original había desafinado en el ser humano13. Esta capacidad de transitar sin rupturas de la teología trinitaria a las propiedades curativas de la lavanda o el bismuto, revela una mente que concebía la verdad como una sinfonía, no como un silogismo. Por esta razón, no podemos llamar a Hildegarda, una escolástica; en todo caso, hay que conservarla con el apelativo de “mística”, por cuanto estuvo unida a Dios apenas distante, por esta vida terrena. Su personalidad no tuvo igual, sino hasta que Alberto Magno catalizó, una vez más, el saber natural con la sabia teológica que restituyó el orden cósmico, pero, desde luego, a su modo y mediante la lente de un varón evangélico y no de una Magdalena amante.
El panorama intelectual del siglo XII estaba cartografiado por mentes de la talla de Bernardo de Claraval y Pedro Abelardo. El primero, adalid de una mística afectiva pero rígidamente institucional y combativa14; el segundo, el paladín del método dialéctico peripatético, cuya audacia racionalista rozaba a menudo la heterodoxia. Ambos encarnaban la autoridad masculina: el poder de la institución monástica reformada y el poder del aula universitaria en ciernes. Pero, ajustada a estas dos formas de avanzada, estaba la incómoda respuesta de una monja que no se limitó a los lindes de la regla benedictina entendida de un modo muy convencional. Hildegarda no provenía de un aula y tampoco se limitó al ideal del convento femenino celosamente custodiado —puesto que, como abadesa, se procuró la suficiente autoridad para vislumbrar su propio modelo de pastorear sus ovejas— en definitiva, aquí encontramos una responsum mulieris.
Frente a la omnisciente influencia de estos gigantes, el pensamiento de Hildegarda se alza con una originalidad radical que brota de su condición y vivencia como mujer. Mientras Abelardo disecaba el dogma mediante la lógica de la contradicción (Sic et Non)16 y Bernardo llamaba a las armas espirituales contra los enemigos de la fe, Hildegarda proponía una teología de la nutrición, el cobijo y la regeneración. Su comprensión del pecado y de la redención está ligada a la sequedad y al desierto, mientras que la gracia es humedad fecunda. El bosque le fue un excelente laboratorio de observación.
Hildegarda no necesitó legitimarse a través de la dialéctica aristotélica que fascinaba a las universidades masculinas. Ella reclamó la autoridad de la experiencia profética directa, una "debilidad" de mujer que Dios utilizaba para avergonzar a los fuertes y sabios del siglo17. Al contrastar su prosa visionaria, rica en imágenes plásticas, partos cósmicos y metáforas maternales de la divinidad, con la frialdad categorial de la escolástica incipiente, se hace evidente que Hildegarda introdujo una epistemología de la encarnación y la empatía que la ortodoxia patriarcal había dejado en la periferia.
Lejos de la abstracción teórica que consumía los días de los pensadores urbanos, Hildegarda poseía una forma eminentemente práctica —casi peripatética en su sentido más pedestre y caminante— de solucionar los embrollos de la vida cotidiana. Su discernimiento no se ponía a prueba únicamente en el scriptorium, sino en la enfermería del monasterio, en la acogida de los marginados y en la resolución de los conflictos comunitarios. En su escritura, fue moderada, casi simplista y no se encuentra en alguna de sus obras, algún pasaje intrincado o alguna instrucción engorrosa; responde a quienes le preguntan sobre altas cuestiones teológicas, con un lenguaje modesto, rosando la naturaleza.
Cuando los campesinos, desahuciados por la pobreza y la enfermedad, llegaban desde tierras remotas a las puertas de Rupertsberg, la abadesa no los atendía con discursos sobre la predestinación divina. Los miraba, los escuchaba y aplicaba un discernimiento médico y espiritual que fundía la observación clínica con el bálsamo de la compasión18. Observaba la orina, el pulso, las complexiones humorales y los hábitos alimenticios de las personas comunes, matizando el rigor de las teorías médicas de la época con un sentido común asombroso19. Para ella, una digestión difícil o una melancolía persistente eran asuntos tan dignos de atención teológica como una cláusula del Credo o un fragmento de la Regla benedictina.
Esta misma capacidad para desentrañar lo intrincado se manifestaba cuando se dirigía a las más altas esferas del poder. En sus cartas a los papas o en sus predicaciones públicas —un hecho insólito para una mujer de su tiempo, que realizó cuatro giras de predicación por Alemania—, Hildegarda utilizaba una pedagogía directa y performativa. No se enredaba en los laberintos del derecho canónico; apelaba al núcleo ético del Evangelio, traduciendo los conflictos políticos a realidades humanas tangibles. Incluso en el ámbito doméstico del convento, ante los casos de visiones o histerias de sus propias hermanas de religión, Hildegarda actuaba con una psicología finísima: sabía distinguir el delirio de la auténtica experiencia mística, y la debilidad física de la pereza espiritual, aplicando siempre el principio benedictino de la discretio, que en nuestro lenguaje diríamos: la moderación.
¿Qué puede ofrecer la personalidad de esta mística del siglo XII a los hombres y mujeres del siglo XXI? En una época marcada por la crisis ecológica, la salud mental fragmentada y la hiperespecialización tecnocrática20, Hildegarda von Bingen se presenta como una brújula de alarmante actualidad.
Su concepto de viriditas21 —la fuerza vital y verde que anima tanto a las plantas como a las virtudes del alma— constituye un antecedente medieval de la ecología22. Hildegarda nos recuerda que la destrucción del entorno natural no es solo una pérdida económica, sino una herida espiritual y un suicidio corporal, dado que el ser humano está imbricado en la red de la creación. Asimismo, su enfoque holístico de la salud, que no separa la dolencia física del estado anímico y de la relación con el entorno, anticipa las demandas contemporáneas de una medicina humanizada, integradora. Si los análisis clínicos identifican el mal mediante la división, al médico le corresponde integrar nuevamente aquello que señala la limitada lente del microscopio o el espectro de los rayos X. Y esta tarea solo puede realizarla el médico que se conduce bajo la plena conciencia del principio fundamental de la beneficencia.
Hildegarda von Bingen derribó los muros del silencio que el orden feudal imponía a las mujeres, no imitando los modos de dominación de los hombres ilustres, sino oponiendo a la abstracción del poder una sabiduría de la integración y el cuidado. Su figura nos convoca hoy a reconciliar la ciencia con el arte, la ecología con la espiritualidad y la razón con la intuición, demostrando que el verdadero saber no es aquel que domina y disecciona el mundo, sino el que lo cultiva, lo sana y lo hace florecer.
Referencias
1 Cristian Cano. Licenciado en Filosofía por el CEFTA, León, Gto (2013) y Bachiller en Teología por el IFTIM, CDMX (2016). Profesor del Sistema Educativo Público de la EMS del Estado de México. Analista Especializado del COBAEM, Zona Sur y actualmente se encuentra cursando la Maestría en Investigación de la Educación en el ISCEEM, Toluca.
2 Marc BLOCH, La Sociedad Feudal, Ed. Akal, 2002.
3 Cf. Christian FELDMANN, Hildegarda de Bingen, una vida entre la genialidad y la fe, Ed. Herder, 2024.
4 Hildegarda von Bingen fue declarada “Doctora de la Iglesia” por el Papa Benedicto XVI, el 7 de octubre de 2012.
5 Cf. G. SERGI, La idea de Edad Media, Ed. Crítica, 2001
6 Peter. H. WILSON, El Sacro Imperio Romano Germánico, Desperta Ferro Ed. 2020.
7 M.-D. CHENU, La Teología en el siglo XII, trad. Es. de Cristian Cano., Ed. Ermita del Paracleto, México, 2025., pp. 19-55. Cf. el minucioso análisis que elabora el P. Chenu sobre el contexto cultural y teológico del siglo XII a lo largo de esta obra.
8Theoderich VON ECHTERNACH, Vida y Visiones de Hildegarda von Bingen, Ed. de Victoria Cirlot, Siruela, 2001. Cf. la Introducción.
9 Op. Cit. Hildegarda de Bingen, una vida entre la genialidad…, pp.
10 Para un catálogo completo de las obras auténticas que la crítica textual nos ofrece hoy en día, véase Hildegarda de Bingen: Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestiales. Trad. de María Isabel Flisfisch. Editorial Trotta, (Colección Estructuras Y Procesos. Serie Religión), 2003. Así como el estudio preliminar que acompaña la publicación de su obra en español Libro de las obras divinas, Ed. Herder, 2009. Sin embargo, aun no disponemos de traducciones al español de estudios críticos que nos permitan informarnos de manera clara, sobre el índice de sus obras y la autenticidad de las mimas, pero traemos a cuenta el artículo en alemán de Christel MEIER, Eriugena im Nonnenkloster? Überlegungen zum Verhältnis von Prophetentum und Werkggestalt in den figmenta prophetica Hildegards von Bingen, en Frühmittelalterliche Studien 19 (1985) 468, n. 11.
11 Cf. Jacques LE GOFF, Los Intelectuales en la Edad Media, ed. Gedisa, 1996. pp. 49-51.
12 Me permito esta imaginería personal respecto a la mística renana, siguiendo la línea literaria de Anne Lise MARSTRAND-JORGENSEN y su obra Hildegarda, Penguin Random House Grupo Editorial, 2022.
13 Cf. Régine PERNOUD, Hildegarda de Bingen, Ed. Paidos, 2013.
14 Cf. la sugerente idea que Gilson elabora en su investigación sobre Bernardo de Claraval, que, sin renunciar a la objetividad de las fuentes y al talante melifluo del Doctor cisterciense, logra proponer una lectura crítica del trasfondo político que subyace al pensamiento bernardiano. Etienne GILSON, La teología mística de San Bernardo de Claraval, Introducción, Athanasius Editor, 2019.
16 Cf. Étienne GILSON, La filosofía en la Edad Media, Ed. Gredos, 1976. pp. 261-276.
17 Margarita PORETE, El espejo de las almas simples, Ed. Siruela, 2005. Cf. la Introducción de Blanca Gari.
18 Ibíd., Hildegarda de Bingen, una vida entre la genialidad, p. 68
19 Ibíd. pp. 32-51.
20 Byung CHUL-HAN, Vida contemplativa, elogio de la inactividad, Ed. Taurus, 2023.
21 Comúnmente se traduce como verdor o “fuerza germinante”, así como también, “poder reverdecedor”, una fuerza que, en la teología hildegardiana, procede de Dios e implica de un modo difuso y participante, tanto al hombre como a la naturaleza. Scivias I, vis. iii; II, vis. ii; III, vis. viii, es la obra donde podemos encontrar este término bajo esta connotación. En el Liber Vitae Meritorum, alude a ella solo dos veces, mientras que en su Physica y su Causae et Curae suele encontrarse con el mismo significado, así también en la Synphonia, cuando leemos el responsorio ¡Oh novilissima viriditas!.
22 Cf. HILDEGARDIS, Physica, J. P. Migne, Vol. 197, P. L., 1855.




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