• Alejandro Aguilar

La escalera rota


Ilustración: Monserrat Paz

El advenimiento de lo impredecible, como la epidemia de Covid-19, viene acompañado del recordatorio de lo bien conocido, las profundas desigualdades ante el riesgo que laceran a grandes porciones de la población mexicana. El ámbito de la educación es ilustrativo en dos sentidos.


Por principio, la necesidad de quedarse en casa hace dependiente la enseñanza de las posibilidades de interconectividad. Si bien es cierto que la Secretaría de Educación Pública ha buscado maximizar el acceso a la educación mediante los acuerdos con las televisoras para simular el ambiente de salón de clase desde la sala de estar, esta medida apenas cumple con las mínimas exigencias de la educación formal en sus etapas básica e intermedia. Un lector demasiado optimista podría argumentar que esta medida es democratizadora, pues elimina de pasada las profundas desigualdades entre escuelas. Prácticamente no hay quien carezca de televisión ¿verdad?. En efecto, la tasa de penetración de TV abierta era de 96% para 2016, según informa la Encuesta Nacional de Consumo de Contenidos Audiovisuales del Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT). Esto contrarrestaría las estadísticas menos halagüeñas de los establecimientos escolares, donde el 40% no tienen equipos de cómputo.


Como comúnmente sucede, las desigualdades no se eliminan al cambiar las situaciones sociales, sino se desplazan y se reformulan. Mientras algunos educandos tendrán que lidiar con las condiciones de precariedad y hacinamiento de sus espacios habitación, los estratos más favorecidos que tienen acceso a educación privada tendrán la posibilidad de emplear recursos mucho más sofisticados que la televisión para proseguir su educación. El acceso a internet es la primera barrera de acceso para los menos favorecidos, cuya tasa de penetración es bastante inferior a la de la televisión: 76.6% de la población urbana es usuaria de internet, 47.7 en la zona rural, según el IFT, para 2019. A esto se le suman las consecuencias en el ingreso de los hogares a causa de la pandemia, donde estimaciones conservadoras del Consejo de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) estiman que 16 millones de personas han caído en situación de pobreza extrema. Otros factores podrían influir negativamente en el aprendizaje desde casa, como el hacinamiento, condición de 1 de cada 10 hogares mexicanos de acuerdo con la Encuesta Nacional de Hogares (ENH) de 2017.


Un segundo factor debe preocuparnos de igual forma aunque sea menos evidente. El discurso preponderante de la nueva normalidad es que el Estado mexicano se encuentra realizando todo lo que le es posible para solventar la situación. En efecto, no es una coyuntura fácil, sin embargo la respuesta gubernamental manda el mensaje equivocado. Al asumir que el tipo de políticas como la educación por televisión abierta son suficientes se niegan las desigualdades de acceso a otro tipo de recursos educativos y, al mismo tiempo, se descarga la responsabilidad en los individuos sobre el desempeño en su formación. Al así hacerlo, el Estado da un paso más en el campo ideológico hacia su versión mínima, donde las personas son dueñas y señoras de sus éxitos o fracasos sin importar las condiciones estructurales.


Contrario al panorama deprimente que asoma para la educación en México, la escuela pública en su espíritu representa las más connotadas aspiraciones de justicia y desarrollo social. Donde ha funcionado, la educación pública representa un motor sustantivo de la movilidad social, lo que significa que funciona como igualador de oportunidades. En condiciones favorables y con los estímulos necesarios, una persona talentosa puede forjar su porvenir por la vía educativa. Para expresarlo metafóricamente, donde funciona un sistema educativo público (la referencia usual son los países nórdicos y germanos) la escalera se encuentra en perfectas condiciones, sin importar las condiciones sociales de origen de las personas. En México, como argumenté anteriormente, la escalera es muy diferente: si se nace en un contexto de riqueza, la escalera no representa mayor problema; en cambio, en un contexto de pobreza (que comprende a 6 de cada 10 mexicanos aproximadamente) cada tanto nos encontramos con escalones rotos (Covid-19 sólo es uno de ellos)...


En consecuencia, es menester emprender una reforma de raíz del sistema educativo que esté orientada bajo los siguientes ejes:


  1. Universalizar la educación básica, intermedia y superior de forma efectiva, acercando el acceso a la educación a zonas rurales o de alta marginación (sin esperar a que sean los estudiantes quienes, sorteando mil y un obstáculos se acerquen a las áreas urbanas para poder proseguir con su educación). Como bien se señala en el informe de Reduca (2016), esto implica incrementar la cobertura en primera infancia, trabajar en evitar la deserción escolar en secundaria y dedicar un mayor porcentaje del gasto público a cuestiones educativas.

  2. Siguiendo las recomendaciones de Reduca (2016), es menester crear oportunidades laborales dignas que permitan atacar el pluriempleo docente, es decir, la tendencia a que un mismo profesor se dedique a acumular el mayor número de horas posibles para alcanzar un salario digno, en detrimento de su dedicación y profesionalización. Esto, a la par de la creación de estrategias para la participación de familiares en las decisiones escolares, reforzaría la creación de ambientes de aprendizaje adecuados para los estudiantes.

  3. A propósito del momento crítico que nos encontramos viviendo, los altos funcionarios que velan por la educación tienen la oportunidad irrepetible de volver a la escuela un motor de la alfabetización digital inclusiva, reduciendo las brechas de acceso a las tecnologías de la información.

  4. Por último, es de mi parecer que toda reforma de la educación debe de tener como horizonte volver a la educación pública, por su calidad, un recurso deseable para todos los estratos sociales. El reporte Mundos paralelos de Oxfam (2020) es claro al señalar cómo la desigualdad social se reproduce en la distribución espacial de los establecimientos de enseñanzas. Volver accesible la escuela pública, incluso para quienes sin empacho podrían pagar una privada abonaría mucho en reforzar los lazos de solidaridad, empatía e inclusión social.


Esta lista, enunciativa más no exhaustiva, pretende abrir un espacio de diálogo sobre la escalera rota, una materia al mismo tiempo tan urgente como perenne. Dejo al lector reflexionar sobre la posibilidad de agrandarla o reducirla, a la luz de la complicada situación por la que pasa la educación en los tiempos que corren...


Alejandro Aguilar

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