Las políticas del apocalipsis

Actualizado: 3 dic 2021

Por Alejandro Aguilar


La ciencia ficción ha tenido el apocalipsis por mucho tiempo como tema predilecto. Nos hemos acostumbrado a ver en multiplicidad de formas fantasías diversas sobre el fin del mundo: meteoros estrellándose contra la tierra, invasiones de extraterrestres o robots, erupciones volcánicas infernales y diluvios torrenciales. En el imaginario Hollywoodesco el fin llega rápido y brutal. En muy pocas ocasiones entendemos el cambio climático como un proceso de largo aliento, mejor descrito como el síndrome de la rana hervida. Esta refiere que una vez cazada, una rana fue depositada en una cazuela con agua. Después del susto inicial, la rana comenzó a sentirse cómoda en su nuevo aposento. La cazuela, colocada a fuego lento se fue calentando poco a poco, pero de manera constante, al grado de llegar a hervir sin que la rana lo percibiera. Cuando finalmente lo notó ya era demasiado tarde…

Probablemente esa sea la primera lección para una política adecuada al cambio climático.


Aceptar que el cambio no es instantáneo, pero eso no lo hace menos devastador. En un reciente libro, Francisco Serratos nos ayuda a adquirir perspectiva mostrando la dimensión de la extinción pérmica, la que es considerada la mayor extinción masiva de la historia, pues en ella pereció el 95% de los seres vivos: “la extinción [refiriéndose al Pérmico] bien pudo durar menos de doscientos mil años, lo que equivale a aseverar que, tomando en cuenta de la magnitud de la extinción, ocurrió casi de manera instantánea.” (Serratos, 2020: 10) Doscientos mil años nos puede parecer mucho, pero en tiempo geológico es un parpadeo.


Igualmente, las causas de la crisis ambiental en que vivimos vienen de tiempo atrás. No se originó hace un año en un remoto laboratorio escondido ni a causa de una sopa de murciélago en algún mercado del Asia oriental. Como proceso de larga data, tiene un sinfín de causas y manifestaciones: constante incremento de las temperaturas, extinción masiva de especies, desertificación de territorios selváticos, abuso de combustibles fósiles, contaminación con plásticos de los océanos, el derretimiento de los polos, todo lo cual afecta nuestra existencia como especie en el planeta. (Serratos, 2020: 16)


Entre esta diversidad, es difícil hasta escoger un nombre propicio para el momento. Algunos, como Paul Crutzen en el 2000 propuso el nombre “Antropoceno” para caracterizar el cambio geológico que ha tenido la humanidad sobre la corteza terrestre. Amplias manchas urbanas o selvas de concreto que perdurarán por milenios, como nuevos desiertos, serán los registros fósiles que descifrarán los habitantes del futuro.


Algunos, siguiendo a Jason W. Moore, reniegan del apelativo. Considerar como antropogénico la crisis climática implica pensar que todos los seres humanos han tenido la misma responsabilidad sobre la debacle, ya sean pastores del neolítico o grandes empresarios. Quienes impugnan esta visión, como el mismo Serratos, prefieren la apelación al “Capitaloceno”. No se trata de la responsabilidad global de la humanidad, sino de un periodo tardío de ella caracterizado por un medio de producción orientado a la primacía de la ganancia sin mayores miramientos al medio ambiente y a la justicia social. Así Serratos describe la vertiginosa tendencia en que nos encontramos actualmente:

McNeill y Engelke en The Great Acceleration: An Environmental History of the Anthropocene since 1945: en tan sólo tres generaciones, los humanos han inyectado en la atmósfera más CO2 que en toda la historia de la humanidad; el número de automóviles aumentó de cuarenta a ochocientos cincuenta millones; el crecimiento de la población mundial fue desmedido, sobre todo en las ciudades; la producción de plástico también creció: en 1950 había un millón de toneladas y para 2015 casi 300 millones; asimismo, en este mismo periodo, la cantidad de nitrógeno sintético usado principalmente para la agricultura intensiva subió de 4 millones a 85 millones, y por último, la infraestructura en países desarrollados y en desarrollo se disparó: presas, carreteras, plantas de energía de todo tipo, edificios, maquinaria de producción para extracción de recursos orgánicos —pesquerías— o minerales —minas—. (Serratos, 2020: 20)


Este es probablemente un segundo rasgo de las políticas de la crisis actual: la indefinición conceptual. Nos encontramos frente a un fenómeno nuevo al que apenas podemos ponerle nombre, mucho menos delimitar con precisión su alcance y las medidas que tomar al respecto. ¡Vaya que tanta pluralidad puede ser paralizante! Entre las denominaciones competidoras se encuentran otras dos. Algunas estudiosas de las dinámicas extractivas de los grandes complejos agroindustriales han acuñado un adjetivo diferente: el plantacioceno, o el momento en que grandes superficies terrestres se ven recubiertas por monocultivos intensivos. ¿Cómo orientarnos entre tanto terminajo? Donna Haraway, pensadora ecofeminista aconseja:

Pero pienso que la discusión en torno a la relevancia de las denominaciones Antropoceno, Plantacionoceno o Capitaloceno tiene que ver con la escala, la relación tasa/velocidad, la sincronicidad y la complejidad. La cuestión, cuando se consideran fenómenos sistémicos, tiene que ser: ¿cuándo los cambios de grado se tornan cambios de especie? ¿Y cuáles son los efectos de las personas (no el Hombre) biocultural, biotenológica, biopolítica e históricamente situadas en relación a, y combinado con, los efectos de otros ensamblajes de especies y de otras fuerzas bióticas/abióticas? Ninguna especie actúa sola, ni siquiera nuestra arrogante especie que pretende estar constituida por buenos individuos en los llamados discursos occidentales modernos. Ensamblaje de especies orgánicas y de actores abióticos hacen historia, tanto evolucionaria como de otro tipo. (Haraway, 2015: 16)


En consecuencia, si cualquier definición unidimensional, que sólo abstraiga una característica de la crisis actual será insuficiente, la mejor denominación como la mejor política tiene que aspirar a restablecer las relaciones entre todos los organismos y sus ambientes. Así, Haraway propone la noción de Chthuluceno como un tropo mediante el cual podamos orientar nuestro existir. Nos dice: “Una manera de vivir y morir bien como seres mortales en el Chthuluceno es unir fuerza para reconstituir los refugios, para hacer posible una parcial y sólida recuperación y recomposición biológica y-cultural-política-tecnológica que debe incluir el luto por las pérdidas irreversibles.” Haraway, 2015: 20)


En un texto posterior, Haraway va a llevar tal premisa hasta sus últimas consecuencias. El actuar en conjunto en el Chthuluceno (algo a lo que aproximativamente podemos llamarle una “política”) es la de la responsabilidad: “Responsabilidad es sobre ambos, ausencia y presencia, matar y nutrir, vivir y morir – y recordad quien vive y quien muere en el entramado de figuras de la historia natural cultural” (Haraway, 2016: 28). Una nueva fraternidad del ser humano con su entorno implica encontrar de nueva cuenta el papel en la red de relaciones que hemos venido a trastocar.


Por último, a pesar de toda la tinta vertida, quizá el rasgo más dramático de las políticas del cambio climático tenga que ver con sus detractores. Aquellos empeñados a no ceder frente a las presiones por cambiar sus estilos de vida y sus patrones de consumo. Se puede deducir lo intrínsecamente político y polarizado que resulta el debate sobre el cambio climático a través de la expresión de Michael Mann, un renombrado meteorólogo: “Lo que Mann descubrió […] es que nos encontramos en una situación de guerra y no sólo de guerra climática” (Latour, 2016: 43). Son dos frentes los que se encuentran abiertos, la devastación ambiental y el debate público frente a quienes se ofuscan en no ver lo que ya es una realidad incontestable.


Incluso quienes han llegado a aceptarlo han adoptado una estrategia tortuosa. Bruno Latour realiza una interesante comparación sobre la retórica utilizada en dos casos particulares. En ambos, el uso de la noción de “precaución” tiene distinto significado en la guerra fría y en la “guerra climática”:

En el primer caso, la clara presencia de un enemigo, en la guerra como en la política, dotó a la palabra ‘precaución’ el sentido de la acción rápida; en el segundo, la incertidumbre frente al enemigo otorgó a ‘precaución’ la calmante connotación de ‘vamos a ver y esperar, siempre podremos arreglarlo después’. En el primer caso un ataque de pánico, teniendo como resultado la movilización general; en el segundo caso, desmovilización (Latour, 2016: 46)


La urgencia de actuar en la guerra tradicional poco se refleja en la guerra climática. ¿Será acaso porque es una guerra que luchamos contra nosotros mismos? De cualquier forma, nuestro anquilosamiento es sintomático de los modos en que abordamos la política contra el cambio climático. Bien decía Karl Von Clausevitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios.


Referencias

Haraway, D. (2015). “Antropoceno, Capitaloceno, Plantacionoceno, Chthuluceno: generando relaciones de parentesco” en Revista Latinoamericana de Estudios Críticos Animales, Año III –Volumen I; Enero - Junio de 2016 Versión Digital. En https://revistaleca.org/journal/index.php/RLECA/article/view/53/48[Accesado el 26 de agosto de 2021]

Haraway, D. (2016) Staying with the trouble. Making kin in the Chtulucene. Durham University Press.

Latour, B. (2016). Facing Gaia. Eight Lectures on the New Climatic Regime. Polity Press.

Serratos, F. (2020). El Capitaloceno: Una Historia Radical de la Crisis Climática. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación.


*Con ilustración de Monserrat Paz


103 visualizaciones1 comentario

Entradas Recientes

Ver todo