Una agenda para reorientar el populismo

En este espacio he insistido en analizar en diversas ocasiones el populismo. En resumen, me reconforta la posibilidad de ver a las personas tomando el destino de sus vidas en sus manos, como lo promueve el populismo en su discurso. En contraposición, me causa desconfianza que sea una forma de movilización social “desde arriba”, instrumentalizada en muchas ocasiones por élites políticas con poca sensibilidad hacia las necesidades reales del pueblo. Entonces, ¿cómo recuperar el potencial popular “desde abajo”? En mi opinión, el camino puede construirse a partir de 3 pilares: la economía popular, la ecología de los medios de vida y la democracia deliberativa. Abordaré los primeros dos en esta entrada y dejaré el último para dentro de 15 días.


La economía popular


En la actualidad, la ley del mercado parece ser la regla de oro. El canon neoliberal exige que todas las transacciones sean liberadas de sus ataduras y quien pueda vender que venda, al precio que más le convenga, y quien pueda comprar que compre, aun cuando el precio le asombre (ustedes perdonen la rima fútil). Dicho dogma alcanza un estatuto casi religioso, no en vano el premio Nobel de economía Joseph Stiglitz lo denomina “fundamentalismo de mercado”. El problema es, como lo argumenta el filósofo Michael Sandel, que en una sociedad donde todo está a la venta, quienes tienen poco dinero al alcance encuentran un entorno hostil. El sistema económico actual, hemos podido constatar, funciona para unos pocos.


En este contexto, conjuntos de personas marginadas han encontrado formas alternativas de participar en la economía. A través de redes de comercialización alternativas, iniciativas locales de producción y entramados de solidaridad (que no necesariamente involucran intercambios económicos) han construido una economía paralela. Cabe resaltar que, en algunas ocasiones, la economía popular se coloca en los límites de la legalidad, como la venta de productos de dudosa procedencia. Sin embargo, más que la condena fácil que solemos efectuar (la estigmatización de los vendedores ambulantes, por ejemplo) haríamos bien en empezar a observar la economía popular como el resultado de procesos de exclusión y descarte al que son arrastradas las poblaciones.


Como bien observa Verónica Gago, la economía popular no sólo se trata de supervivencia. Es también, aunque sutilmente, una acción política que surge desde lo popular. Una forma de resistencia frente a una economía que cuando no mata, tampoco deja vivir. En dichas formas de organización alternativa al mercado yace un reclamo que haríamos bien en escuchar (y por qué no ¡aprender!).


La ecología de los pobres

Una segunda ruta de recuperación de lo popular podría pasar por la ecología de los pobres (también denominada ecología popular o de los medios de vida). La premisa fundamental de esta apuesta teórica, promovida activamente por el economista Joan Martínez Alier, es que las comunidades tradicionales mantienen estilos de vida mucho más sustentables ecológicamente que quienes habitamos en las ciudades. Incluso entre este último grupo no todos somos iguales. Las informaciones con las que contamos señalan que el 10% más rico del mundo produce el 50% de las emisiones, mientras que, por el contrario, el 50% más pobre sólo el 6%. En términos reales, las poblaciones rurales a las que comúnmente se tildan de “atrasadas” o “subdesarrolladas” ¡nos están subsidiando ecológicamente!

En ese contexto, los movimientos de defensa del territorio y de los bienes comunes cobran nueva relevancia. Aquellas personas que se oponen al desarrollo inmobiliario, de los megaproyectos o de infraestructura turística (entre otros) configuran la última barrera de resistencia ante la devastación ambiental que sirve a altos intereses económicos. Al preservar sus estilos de vida nos permiten seguir gozando de beneficios cada vez más preciados como espacios verdes, aire limpio y ecosistemas saludables. El cerco, no obstante, se va cerrando poco a poco y las manifestaciones de resistencia suelen ser calificadas de ignorancia o representantes de intereses ocultos.

Si bien falta mucho por decir, basten las líneas presentadas para introducir los dos primeros caminos que, en mi opinión, deben recorrerse para recuperar lo popular desde abajo. Y, como comentaba al inicio, en quince días hablaré sobre el tercero, la democracia deliberativa.


Alejandro Aguilar Nava


Dudas y comentarios siempre bien recibidos al final de la página o al correo de alejandro.aguilar@imdosoc.org

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