Arte por la justicia social

Actualizado: 8 jun

Por David Vilchis


Antes que nada, no quiero dejar pasar la oportunidad –aunque ya estemos a mitad de enero– de externar mis mejores deseos para ustedes en este año que comienza.


El año pasado tuve la oportunidad de ir al centro cultural Juan Rulfo a la clausura de la exposición “Apuntes desde el andamio” del maestro Polo Castellanos, quien a decir de muchos es de los últimos grandes muralistas. Las obras, muchas de ellas bocetos, dibujos y pinturas de caballete que culminaron en grandes murales, dan cuenta del proceso creativo de alguien que concibe al arte como una herramienta de construcción social, de debate público y de lucha por la justicia.


Muchas de ellas están imbricadas en verdaderos caminos colectivos, como aquellos con los que trabajó con las reclusas de Santa Martha Acatitla. El proceso, ampliamente registrado en el documental Nos pintamos solas, dio voz y liderazgo a las presas y les permitió crear lazos de equidad y amistad entre ellas. Así, a través del arte compartieron sus historias, historias de desigualdad, injusticia y abandono sin olvidar sueños, ilusiones y la lucha por justicia y reivindicación.

Muralismo colectivo en el penal de Santa Martha Acatitla
Muralismo colectivo en el penal de Santa Martha Acatitla

Este ejercicio es un ejemplo de lo que Polo Castellanos concibe como muralismo colectivo, el cual distingue del comunitario. Para el maestro, la principal diferencia entrambos es que en el primero el artista promueve la participación comunitaria fungiendo cual director de orquesta, mientras que en el segundo el artista se vuelve parte de la comunidad con un proceso creativo construido “desde abajo” y en plena horizontalidad. Si bien, en ambos el arte se socializa y se confirma su función socio-política, la diferencia es más que una sutileza, pues en la primera la comunidad “ayuda” al pintor, mientras que en la segunda el colectivo es el pintor. Así, aunque el muralismo comunitario también ayuda a empoderar a la comunidad (en el sentido en que hay una colaboración real que fomenta la pertenencia), el involucramiento entre artista y comunidad es limitado, lo que conlleva el riesgo de convertirse en “una extensión del ego del artista como mecenas ideológico.”


En cambio, el muralismo colectivo cambia el paradigma al considerar que el fundamento del mural son las bases socio-comunitarias, no el artista. Siguiendo la propuesta de Paulo Freire, en el muralismo colectivo el artista se suma a la colectividad sin ningún tipo de jerarquía, donde su principal tarea es facilitar, “coordinar únicamente y mandar obedeciendo.” En esta tarea, el diálogo es clave, pues “se trata de buscar el empoderamiento […] a partir de un diálogo permanente, desde la humildad en el reconocimiento del otro y su autopertenencia a la diversidad: todas las voces deben ser escuchadas y respetadas, y todas las voces deben hacerse escuchar. Así, más allá del aprendizaje técnico que de hecho se da, se aprende en comunidad:

Sobre el dialogo, sobre la tolerancia, el respeto, el trabajo colectivo, la construcción colectiva, sobre mandar obedeciendo, nadie está encima del otro. Sobre callar, aprender a callarse, que es tan importante como hablar, o más. Entonces empiezan a generar otras cosas dentro de la construcción de ese mural, procesos de resistencia, de construcción, se rompen montones de tabúes, montones de paradigmas, la gente se une y se empodera totalmente de todas esas herramientas.

En el muralismo colectivo el artista se suma a la colectividad… todas las voces deben ser escuchadas y respetadas, y todas las voces deben hacerse escuchar
En el muralismo colectivo el artista se suma a la colectividad. Todas las voces deben ser escuchadas...

De esta manera, el arte se vuelve un ejercicio liberador y, por ende, subversivo, incluso peligroso para quienes suelen servirse del silencio de las colectividades hasta ese momento sin voz. Aquí encontramos un ejemplo, e incluso una vía, de cómo realizar mutatis mutandis el esfuerzo sinodal, el cual subraya la dignidad común de todas y todos los cristianos y afirma nuestra corresponsabilidad en la misión evangelizadora. Tanto para la Iglesia como para los muralistas tradicionales, abandonar las pautas hegemónicas de verticalidad en la relación con los otros son difíciles de romper. Asimismo, está la tentación de condenar a quienes no entendemos, a quien consideramos disidente por haber sido una voz silenciada y excluida, a censurar aquello que consideramos ideológico sin descubrir la posibilidad de que semilla del Evangelio esté su interior y sin ver lo prejuicios que nos mueven a esa censura; además de querer adoptar soluciones viejas y de gabinete para problemas actuales y sociales. Pero justo por ello, hemos de sumarnos al llamado del Papa Francisco a interrogarnos sobre la sinodalidad para construir una Iglesia donde todos se sientan en casa y puedan participar; donde podamos escuchar al Espíritu en la adoración y en la oración y al hermano y a la hermana en sus crisis y esperanzas y construir en conjunto un destino común. (FT, 169)

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¿Te gustaría conocer más acerca de lo que el arte concibe como una herramienta de construcción social, de debate público y de lucha por la justicia? Este Verano preparamos un taller donde daremos un recorrido por distintas expresiones artísticas, que pueden dar paso a la reflexión, discusión, pero sobre todo a la participación comunitaria, y se vuelva una herramienta de construcción y justicia social.


Si estás interesado, te dejamos aquí toda la información y puedas apartar tu lugar. El cupo es limitado.




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