Migración: tristeza y esperanza

Marzo 23, 2011 Sin comentarios


La migración es un fenómeno que va en aumento pues es normal que las personas busquen nuevas y mejores condiciones de vida (educación, trabajo, crecimiento económico, etc.), y si en su lugar de origen no se les proporciona es necesario buscarlas en otro lado, con todas las consecuencias que esto conlleve, ya que es un cambio de vida completo. En la mayoría de las ocasiones se deja a la familia, la escuela, los amigos, las costumbres, el idioma, etc., podría decirse que hay que cambiar de identidad en aras de algo mejor; sin embargo, a pesar de la tristeza y melancolía que se pueda sentir, se emprende el camino con entusiasmo y esperanza.

No obstante, hay quien saca provecho de las personas que se ven en la necesidad de trasladarse de su lugar de origen, cobrándoles fuertes cantidades de dinero por “pasarlos” por la frontera. Y ahora, desafortunadamente, ya no se queda sólo en esto, sino que han aumentado los niveles de explotación, abuso y violencia; me refiero a los secuestros de los migrantes.

El aprovecharse de las necesidades del otro ya es un abuso, y el delito del secuestro es un atentado más grave a la dignidad de la persona, de principio le son arrebatados dos derechos fundamentales y esenciales, la libertad e incluso, en muchos casos, se llega al extremo de privar de la vida, cuando esto último no ocurre, la dignidad de la víctima es pisoteada por los agresores mediante gritos, golpes, amenazas, torturas, violaciones, mutilaciones… esto es relatado por aquellos que, literalmente, “sobreviven” a estos ataques en un informe que presentó la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) acerca del secuestro de migrantes (cfr. Informe especial sobre el secuestro de migrantes en México).

Dicho Informe dice que el Estado debe tomar medidas de prevención, protección, establecer leyes y vigilar que se cumplan; pero, por otro lado, sostiene que en México no existen programas que garanticen la inviolabilidad de los derechos humanos.

Ante tales hechos, la CNDH enlista en este Informe diferentes propuestas, de las cuales la mayoría apuntan a la capacitación, tanto del personal como de la sociedad en general, una vez que el delito ha sido realizado, por mencionar algunas de estas propuestas: la mejor manera de atender a las víctimas (en aspectos físicos, psicológicos, legales, etc.) y a sus familiares, a que se haga la investigación adecuada, a facilitar el proceso de denuncias, a tener buenas instalaciones donde atender a las víctimas, etc. Y, al parecer, hay sólo una propuesta para prevenir el delito: se trata de trazar las rutas que son de riesgo para los migrantes, a fin de darlas a conocer así como para coordinar a las autoridades encargadas de proteger y vigilar.

Con respecto a las propuestas posteriores al delito del secuestro, puede decirse que es necesario aspirar a más, es decir, hacer lo posible por prevenirlo y hasta erradicarlo, de otra manera no prosperaremos como sociedad. Por otro lado, la propuesta que habla de prevención, tampoco parece suficiente, ya que el mismo Informe de la CNDH afirma que en México está presente el fenómeno de la corrupción, las mismas víctimas testimonian que las autoridades están involucradas, entonces, de nada sirve trazar las rutas de riesgo para los migrantes si los encargados de apoyarlos, de velar por su seguridad y protegerlos, se venden por dinero y, en consecuencia, no hay en quien confiar.

A pesar de todo, aún hay esperanza. Erradicar el secuestro de migrantes, la corrupción y cualquier tipo de abuso a la dignidad de la persona es una tarea de todos, aunque podría pensarse que no es de nuestra incumbencia, es preciso tomar en cuenta que todo acto degradante, como el secuestro o algún otro que afecte la vida y dignidad de los demás, debe importarnos y nos involucra.

Es evidente que algo nos falta, de nada sirve que el Estado, las instituciones y/o las autoridades hagan su trabajo si los mismos ciudadanos no velan ni contribuyen a que ello se cumpla, es necesaria la participación, ser concientes de que el llamado “bien común” que toda sociedad desea no se construye solo ni de la nada, todas las personas tenemos la obligación de contribuir para llegar a esta meta y, de igual manera, todas tienen los mismos derechos, todos somos iguales en el mundo y, ante Dios, poseemos la misma dignidad independientemente de nuestra condición.

Una forma de arrancar el problema de raíz es la educación, es un camino más largo pero, a su vez, más eficiente. La educación no es sólo la académica, la verdadera educación empieza en la familia, desde pequeños y a lo largo de toda la vida, inculcando valores, enseñando el respeto a la vida, a la dignidad, a la libertad, a los derechos propios y ajenos.

Como cristianos sabemos que no nos es lícito quedarnos indiferentes ante la desgracia y el dolor ajeno (cfr. Christifideles laici 3), para nosotros esto es un pecado. Es un deber ayudar con más ahínco a los más vulnerables, en este caso los migrantes.

La educación de la que hablaba anteriormente puede iluminarse y plenificarse con el tesoro contenido en la Sagrada Escritura que no es otra cosa que la Palabra y mensaje de Dios.

En la Escritura encontramos y reiteramos que todos somos iguales, poseemos dignidad por ser imágenes de Dios y su presencia en el mundo; también, podemos iluminar e impregnar la realidad con los valores evangélicos, con los mandamientos, sobre todo con el mandamiento del amor, que no es nada fácil cumplir pero como dice el mismo Jesús: «¿qué harían de extraordinario si sólo amarán a los que los aman?», esto lo menciono pensando ya no sólo en las víctimas del secuestro sino en los víctimarios, pues, en medio de la sanción merecida, hay que proporcionarles el tiempo y las formas para arrepentirse, readaptarse a la sociedad y a tomar conciencia del atentado hecho a su propia dignidad y a la del otro, mediante estos actos inhumanos.

“Amar al enemigo” es una propuesta verdaderamente difícil pero es preciso comenzar a tomar en cuenta.

Ruth Navarro Barragán

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