• Alejandro Aguilar

Enfrentando a Goliat


Foto: Pedro Valtierra

Dice el buen libro que Goliat era un hombre colosal “de seis codos y un palmo de estatura”. Además, iba fuertemente armado “tenía un yelmo de bronce sobre su cabeza y estaba revestido de una coraza de escamas, siendo el peso de la coraza cinco mil siclos de bronce” (1ªSamuel 17:4, 5, 6). David, por el contrario, era un muchacho menudo, el más joven de ocho hermanos por quien nadie habría apostado que le ganaría al gigante.


Probablemente la reflexión más importante de la narración de David contra Goliat es que, aunque las guerras nunca son justas, los débiles pueden vencer si se organizan y actúan inteligentemente. En la actualidad, podemos usar dicha confrontación como metáfora de los desencuentros entre los llamados “megaproyectos del desarrollo” (Goliat) y las pequeñas comunidades (David) en cuyos territorios se insertan. El uso de la figura retórica se justifica en los contrastes: lo gigantesco contra lo pequeño, lo intrusivo contra lo defensivo, lo artificial contra lo natural…


Pero antes de discutirlos es menester comenzar clarificando qué es un megaproyecto de desarrollo. De acuerdo con una definición abreviada, éstos pueden caracterizarse como grandes proyectos de inversión que buscan cambiar la estructura económica de una región. Normalmente constituyen grandes obras de infraestructura (como las refinerías o los trenes mayas), presas, plantas generadoras de energía, cuestiones relacionadas con el turismo de gran escala o industrias extractivas (como la minería o la extracción petrolífera).


En el discurso público, los megaproyectos han sido defendidos por los beneficios que supuestamente traen consigo. Entre ellos se mencionan la generación de empleos, el aumento en el nivel de bienestar, la estimulación de la actividad económica y, dependiendo de las características de los proyectos, el acceso a servicios públicos. Sin embargo, como argumentaré a continuación, no todo es miel sobre hojuelas. Los perjuicios que ocasionan bien pueden ayudar a explicar por qué las comunidades locales, que en el papel se beneficiarían, muchas veces se oponen.


¿Cuáles son los problemas de los megaproyectos de desarrollo? En primer lugar, desde el punto de vista técnico y de gestión, debido a la gran escala a la que se planean, suelen tener problemas en su realización que se traducen en no brindar los beneficios prometidos. Por ejemplo, en 45% de los proyectos de grandes presas se reporta retraso en el tiempo de realización, lo que provoca que la deuda contratada para su desarrollo se vuelva muy costosa. En términos generales, nueve de cada diez megaproyectos caen en sobrecostos, disminuyendo su rentabilidad. La ceguera para entender estos problemas suele servir para que, en palabras de Flyvberg, sobrevivan los más inadecuados porque se terminan implementando los que tienen mayor subrepresentación de los costos reales.


En segundo lugar, en muchas ocasiones se realizan con violencia. Los megaproyectos de desarrollo comúnmente son fuentes de violaciones de derechos humanos. Como bien ha documentado Sofya Dolútskaya, las violaciones ocurren a lo largo de todo el proceso. En las fases tempranas, la ocultación de información a las comunidades que potencialmente serían afectadas restringe seriamente su capacidad de organizarse y exigir compensaciones o modificaciones. Conforme avanza la implementación de los proyectos, se entra a la fase más conflictiva, con dos violaciones recurrentes: el desplazamiento forzado de las personas y la contaminación ambiental de sus lugares de vida. Estos pueden desembocar en la violación de prácticamente todos los derechos humanos y la degradación de su calidad de vida.


En tercer lugar, aunque no violen explícitamente los derechos humanos, en muchas ocasiones tienen fuertes impactos sobre las economías locales que sirven a la subsistencia de los habitantes de la zona. En algunas ocasiones, evaluaciones poco serias minimizan el daño que ocasionarán sobre los medios de vida de las comunidades en que residen. La preocupación por la diversidad de los ecosistemas y la preservación de los hábitats también es frecuentemente soslayada. La idiosincrasia que supone que el ser humano es amo y señor de la naturaleza se impone. Los megaproyectos, en este sentido, no son más que el apéndice de la vieja idea del progreso civilizatorio.


En cuarto lugar, los megaproyectos suelen realizarse sin una efectiva participación directa de los interesados. Los triángulos de hierro que se forman entre el Estado desarrollista, las empresas beneficiadas y un grupo restringido de actores de la sociedad civil (o expertos) pocas veces toman en cuenta los intereses de las comunidades cuyas vidas se verán afectadas. Como demuestra un interesante estudio (que, dicho sea de paso, inspiró este artículo), cuando las comunidades tienen acceso a mecanismos de participación en la toma de decisiones relativas a los megaproyectos, en muchas ocasiones son con fines de manipulación y legitimación de la intervención. Solo cuando las comunidades se encuentran altamente cohesionadas logran enfrentarse efectivamente al Goliat del desarrollo.


En quinto lugar, los megaproyectos suelen transmitir los costos ambientales a las comunidades de origen mientras que concentran los beneficios en unas pocas manos. En tanto que algunas personas tienen que abandonar sus lugares de residencia para darles paso, otros (contratistas y empresas privilegiadas) amasan fortunas gracias a contratos ventajosos.


El panorama actual en que algunos de los proyectos insignia son gestionados por el Estado tampoco es el más halagüeño. Pues, mientras que en el discurso oficial se ha pregonado que la inversión del “Tren Maya” ocupará 130 mil millones de pesos, el país vive la que quizá es la peor crisis de las últimas décadas. En ocasiones como esta, los megaproyectos desvían recursos necesarios hacia obras faraónicas que difícilmente aportan al bienestar de quienes más lo necesitan. Como ya he insistido en otras partes, la glorificada austeridad cuesta caro...


Llegados a este punto sólo resta preguntarnos: ¿queremos seguirle apostando a Goliat? ¿O nos organizaremos en comunidades para defender nuestros derechos a sabiendas que -como David- con astucia y valía podemos hacerles frente?


Alejandro Aguilar Nava

Preguntas y comentarios siempre recibidos en alejandro.aguilar@imdosoc.org

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