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Justicia social como don y como sacrificio

Por Alejandro Aguilar


Si la justicia social es el camino, hemos de seguirlo. No obstante, no será un camino fácil, sino uno sembrado de trampas y escollos. Cuánto hemos de dejar para seguir a Jesús se convierte en la metáfora perfecta para ilustrar la tortuosa senda que toman quienes deciden hacer de éste un mundo mejor. Esa es, probablemente, una de las lecciones más bellas de los Evangelios:


Viéndose Jesús rodeado de mucha gente, mandó pasar al otro lado. Y vino un escriba y le dijo: Maestro, te seguiré adondequiera que vayas. Jesús le dijo: Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; más el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza. (Mateo 8:18-20)





Como podemos leer, el reclamo de justicia social es implacable, no acepta medias tintas ni negociación. Un acto bondadoso que esconda la búsqueda del beneficio propio pierde toda su virtud. Así es como se manifiesta la justicia social como un don, algo que se otorga sin esperar nada a cambio. Nos equivocamos si intuimos que se trata de una negociación de mercado, algo que puede ser cuantificable. Tampoco es una aventura mutualista, un quid pro quo, algo que sea de común conveniencia. Aunque llegan a haber casos en que la justicia social convenga a toda la comunidad, por ejemplo, ante el peligro de violencia, la justicia se ejerce incluso en la perspectiva de nuestro perjuicio. Dicho en otras palabras, la práctica de la justicia social es un don al que estamos obligados, un imperativo cristiano, para mejorar la situación del desvalido, aunque sea a pesar de quienes la suerte nos ha favorecido.

Es por esta razón que el mandato de Jesús es radical. Implica una ética, una reflexión a conciencia sobre nuestras posibilidades de entregarnos:

Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo. Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que después que haya puesto el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él. (Lucas 14:26-29)

Las expresiones categóricas pueden asustarnos. Entonces, vale la pena aclararlas. Aborrecer (latín: abhorrescere) significa, en su sentido clásico “apartarse de algo que causa horror”. En un mundo desgarrado por la desigualdad extrema y el empobrecimiento de la mayoría de la humanidad, la expresión suena adecuada. Si no repudiamos la situación en la que se encuentran nuestras hermanas y hermanos, que sufren y al mismo perpetúan las estructuras de opresión, no podremos construir una sociedad más justa.

Más seguir ese camino implica un cierto rompimiento, que viene a un costo personal y social. No en vano las activistas y defensoras de derechos humanos suelen sufrir destinos fatales. Aborrecer y abjurar de la injusticia, aun la que nos beneficia, nos vuelve vulnerables. México es el testimonio de muchas cruces que denunciaron. Ofrecieron aquellas personas sus vidas en sacrificio para que no fueran arrebatadas las de los demás.


Así, en esta operación simbólica, se renueva la promesa de la justicia social, otorgada como un don que no espera nada a cambio y como un sacrificio que pretende ser el último para traer la paz.



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