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René Girard: deseo, expiación y modernidad

Por Alejandro Aguilar


De origen francés, aunque realizó la mayor parte de su carrera en los EE.UU., René Girard es un pensador deslumbrante. Sus apólogos se precian de afirmar que su teoría resiste todas las críticas. Como pensador que aspira a lo universal, su reflexión ha partido de una constatación de un mecanismo simple, pero con implicaciones de largo alcance. El conocimiento de su obra será un referente polémico, pero necesario, para entender la importancia del cristianismo en la vida secular contemporánea.


Deseo mimético

El principio de las reflexiones de Girard es su concepción del deseo como un fenómeno social. La pregunta clásica “¿Qué deseo yo?”, desde los orígenes de la humanidad, no tiene una respuesta individual. En el fondo, resulta más adecuado preguntarse “¿Qué desea el otro?”. Por decirlo de alguna forma, para el autor, el deseo es una relación social. El deseo es mimético: es decir, no deseamos “a secas”, deseamos -aunque no lo reconozcamos- lo que el otro desea.

Puesto que nuestros deseos se expresan como vectores que se intersecan, la conflictividad es un hecho natural de la vida social. El derecho, la cultura, las convenciones sociales, las instituciones… Todos ellos no son más que recursos para contener la violencia que emerge de la lucha entre seres deseantes. De este punto de partida, sus reflexiones sobre la religión comienzan.


La teoría del chivo expiatorio

La conflictividad, siempre para Girard, se resuelve de dos formas. Tradicionalmente, la “violencia mítica” buscaba resolver una tensión social mediante la designación de un actor. De ahí el significado expiatorio del sacrificio. El chivo expiatorio es al que se le transfiere la culpa, reconciliando a la comunidad y permitiendo mantener la cohesión.

Dicho mecanismo sacrificial opera también en la pasión de Cristo,[1] quien es llevado a la Cruz inocentemente, bajo la efervescencia de la multitud y la indiferencia de Poncio Pilatos. Sin embargo, en la economía simbólica del sacrificio neotestamentario, Girard cree descubrir una inversión: mientras que bajo la lógica de la violencia mítica la comunidad recupera su pureza -es expiada- con la ofrenda otorgada, el sacrificio de Cristo resulta en todo lo contrario. En este caso, el sacrificio no es expiatorio, sino que devuelve la culpa a la colectividad, demostrando que condujeron al patíbulo a un inocente.[2]


La modernidad cristiana


La distinción entre la violencia mítica y la solución cristiana va a tener alcances filosóficos para el autor. En lugar de esperar a los siglos XVII o XVIII para identificar a la Ilustración, Girard afirmará que el primer discernimiento es, precisamente, la muerte de Cristo. El apercibimiento de la injusticia de la “violencia mítica”, develada por la tradición cristiana, es el primer momento de intelección que lleva a la cultura en el camino de la racionalización de la vida social.

Aunque parezca una observación banal, las conclusiones que el autor extrae son de gran calado. No extraña que algunos de sus más feroces críticos acusen un non-sequitur. Le permite rastrear los orígenes de la modernidad a este quiebre simbólico, de la tradición mítica a la narrativa neotestamentaria. Curiosamente, esto conlleva una paradoja: la secularización, marca de agua de la modernidad, sería también de origen cristiano. El cristianismo sería la religión de salida de la religión.


¿Nuestros modernos chivos expiatorios?

Las reflexiones antropológicas de Girard, aunque centradas en textos antiguos, revisten de una importancia actual. Los nuevos chivos expiatorios no figuran en testamentos, por su desgracia, un buen número son más bien personas desconocidas. No obstante, adquieren cierta presencia en tanto se vuelven depositarios del escarnio público.


El discurso de Donald Trump, entre los años 2016-2020, contra los migrantes es un buen ejemplo. Entre los argumentos principales del entonces presidente era que los migrantes “robaban” el trabajo a los locales. Sabemos de sobra que eso no es cierto, que la crisis del trabajo en los Estados Unidos se debe mucho más a nuevos modelos de negocio, presiones macroeconómicas, la competencia de China y otras potencias manufactureras, ¡hasta de nuevas tecnologías implementadas para automatizar la producción![3]

Sin embargo, es mucho más fácil desplazar la animadversión hacia grupos poblacionales marginados, diferentes y vulnerables. Arremeter contra los migrantes es mucho más prolífico para el político oportunista y el mercadólogo político que problematizar las consecuencias adversas de las sociedades postindustriales (de las cuales la automatización es sólo una arista).

La reflexividad a la que nos llama Girard -aceptemos o no su origen cristiano, eso es lo de menos- lleva en el sentido opuesto. La figura del migrante que Trump construyó sirve como espejo que, diáfanamente, refleja en sus perseguidores la sanguinaria huella de la injusticia.


Requiescat in pace

René Girard falleció el 4 de noviembre de 2015. Perdimos su luminosa pluma, pero contamos con su legado y el imperativo de vivir a su altura.


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Referencias

Davenport, Thomas H. “Why Trump Doesn’t Tweet About Automation.” Harvard Business Review, 2017. https://hbr.org/2017/01/why-trump-doesnt-tweet-about-automation.

Girard, René. Veo a Satán Caer Como El Relámpago. Barcelona: Anagrama, 2012.

Maistre, Joseph de. Tratado Sobre Los Sacrificios. México: Sexto Piso, 2009.

[1] Esta intuición aparece primero en Joseph de Maistre, Tratado Sobre Los Sacrificios (México: Sexto Piso, 2009). [2] René Girard, Veo a Satán Caer Como El Relámpago (Barcelona: Anagrama, 2012). [3] Thomas H. Davenport, “Why Trump Doesn’t Tweet About Automation,” Harvard Business Review, 2017, https://hbr.org/2017/01/why-trump-doesnt-tweet-about-automation.

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