Cristianismo y desigualdades
- David Vilchis

- 10 jul 2020
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 16 jun 2022

La relación entre religión, pobreza y justicia social es curiosa. Por un lado, ha sido una relación siempre presente en la historia del cristianismo. En todas las épocas, a la par que ha habido actores religiosos que se han puesto del lado de las estructuras de dominación, siempre ha habido actores religiosos que encarnan íntegramente la dimensión profética del cristianismo y acompañan la proclamación del Evangelio con la denuncia evangélica de todas aquellas estructuras y situaciones que atentan contra la justicia social. No obstante, no se denuncian por ser injustas per se, sino en tanto que impiden en nuestra sociedad y nuestros corazones la construcción del Reino de Dios.
Por otro lado, es una relación recién descubierta por las ciencias sociales, quienes por mucho tiempo —y bajo el influjo de las teorías de la modernidad y secularización— concibieron a las religiones, particularmente al cristianismo, como “opio del pueblo”, obstructoras del desarrollo y progreso social y creyeron descubrir un fenómeno netamente nuevo en la irrupción de las religiones en la esfera pública, particularmente en aquellas expresiones detractoras del orden social vigente: la teología de la liberación en Latinoamérica, el consejo sudrafricano de Iglesias en Sudáfrica y Solidaridad en Polonia, por poner algunos ejemplos.
Esta relación se ha complejizado en la actualidad con la férrea oposición de muchas comunidades cristianas a lo que ellas mismas han denominado “ideología de género”. Así, nos encontramos que muchos actores religiosos al mismo tiempo que se oponen a los derechos reivindicados por mujeres y minorías, continúan la lucha social en favor de los “pobres y desposeídos”. Incluso, la distinción de los laicos católicos entre integristas (fieles a la tradición) y progresistas (defensores de las clases populares) queda difusa cuando se tratan temas de justicia social, pues los primeros pueden estar tan comprometidos con ella como los segundos, pues ambos abrevan del Evangelio, base de la doctrina social cristiana.
Entonces, se puede decir que las religiones juegan un papel preponderante como proveedoras de marcos de interpretación de pobreza e injusticia social y por ello pueden generar prácticas de transformación, pero también reproducir esas situaciones de desigualdad, opresión y discriminación.

Podemos encontrar en Weber un ejemplo de ello. En su célebre La ética protestante y el espíritu del capitalismo, plantea la relación entre diferentes cosmovisiones religiosas y la pobreza. Por un lado, señala que el ascetismo religioso intramundano, característico del calvinismo, justificó la profesión —en el sentido de vocación— del empresario y su afán de lucro —siempre y cuando su conciencia se hallase en estado de gracia— y proveyó “la seguridad tranquilizadora de que la desigual repartición de los bienes de este mundo es obra especialísima de la Providencia Divina”. Por otro lado, señala las diferencias entre catolicismo y calvinismo en la valoración de la pobreza: el primero no sólo toleró la mendicidad, sino que incluso la glorificó, mientras que el segundo nunca la admitió en su seno. Esta aversión puritana a la pobreza, según señala Weber, fue la causante de la dura legislación inglesa contra los pobres de la época.
Así, dentro del cristianismo y desde Weber, la pobreza es vista por algunos como síntoma de pereza culpable, e incluso de condenación; por otros como querida por Dios para evitar los grandes peligros que conlleva la riqueza, incluyendo el arrancamiento de la religión del corazón del hombre; también ha sido vista como dar la ocasión al rico para realizar buenas obras y dar limosna o como modelo y camino de santidad. Evidentemente, según la concepción teológica que tengas de la pobreza, será tu posición ante ella.
En este sentido, el Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC) tuvo a bien crear el Seminario sobre Religión y Desigualdades con el objetivo explícito de discutir el problema del papel de las creencias religiosas en la legitimidad de la justicia distributiva, particularmente en términos de desigualdades.
La investigación piloto del Seminario se titula “¿El pobre es pobre porque Dios así lo quiere?” y desde una metodología cuantitativa pretende explorar las relaciones entre determinadas creencias religiosas (providencialismo, desregulación institucional y dimensión social de la Iglesia) y las causales de la pobreza (razones individualistas, estructurales o fatalistas). ¡Te esperamos los últimos jueves de cada mes!
Mtro. David Eduardo Vilchis Carrillo











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