• Alejandro Aguilar

De Mineápolis a México

Actualizado: jun 25

Las calles han ardido en indignación en las últimas semanas, donde las personas se enfrentan en jornadas sangrientas con la policía en varias regiones de Estados Unidos. La razón: la muerte de George Floyd, un afroamericano de 43 años muerto a manos de un policía blanco, que lo estranguló con la rodilla mientras lo inmovilizaba bajo sospecha de un delito menor.

La brutalidad policiaca no respondió a la súplica de Floyd, quien clamó por lo bajo once veces: “no puedo respirar… no puedo respirar…”. La violencia de este hecho salta a la vista y es imposible negar que encubre una situación de discriminación cotidiana y desigualdad entre personas a causa de su origen étnico y color de piel. Para un vistazo rápido, ¡el promedio de la riqueza de una familia blanca es 50 veces superior al de una familia afrodescendiente! Además, la información sobre defunciones por Covid-19 en Estados Unidos demuestra que las personas afrodescendientes mueren en promedio el doble que personas identificadas como blancas o, incluso, latinas.

Aunque no lo parezca, en México la situación no es menos grave. Puede que la gente no se encuentre en la calle manifestándose con vehemencia, pero cotidianamente se vive una situación de desigualdad similar. En un manual del Consejo Nacional para la Prevención de la Discriminación (CONAPRED) de 2018, advertía sobre el uso de técnicas de perfilamiento racial por parte de las policías y agentes migratorios contra migrantes y mexicanos. El perfilamiento racial, la suposición de que alguna persona es sospechosa por su puro aspecto (normalmente color de piel), violan los derechos humanos de las personas y las criminaliza por el simple hecho de ser como son.

Para encontrar las causas de esta situación tenemos que remitirnos a la historia. En primer lugar, al legado de 300 años de historia colonial donde la sociedad estaba profundamente dividida por origen étnico y color de piel. Es bien sabido que incluso entre los mestizos había un buen número de divisiones internas que manifestaban las desigualdades. Contrariamente a lo que se hubiera esperado, la independencia y el nuevo orden político de México no trajo consigo más igualdad. El mismo Benito Juárez veía en su ser indígena una característica que tenía que superar para convertirse en hombre civilizado y, además, Jefe de Estado.



La sociedad mexicana desde entonces se caracterizó por un nacionalismo intransigente que presupone que todos somos iguales sin que propicie las condiciones para que esto sea efectivo. Es esta la razón por la que en México el descontento popular no se manifiesta como en los Estados Unidos. Mientras en el vecino del norte la historia de las relaciones entre blancos anglodescendientes y negros afrodescendientes ha sido de constante fricción, en México hemos vivido bajo la ilusión nacionalista de una igualdad falsa.

En la actualidad, contamos con información estadística de calidad para corroborar que la situación en México es igualmente injusta. La discriminación étnica y por color de piel se traduce en la actualidad en desigualdades muy tangibles, como ha documentado ampliamente el proyecto “Discriminación Étnico-Racial en México” de El Colegio de México.

Para botón de muestra, podríamos observar una gráfica de distribución de un documento de trabajo del proyecto antes mencionado. En ella se observa la distribución de la riqueza según tres características de origen: que las personas se identifiquen con ciertas características étnico-raciales, declaren hablar una lengua indígena y su tono de piel.

La lectura de la gráfica sugiere que la riqueza se concentra fundamentalmente en las filas superiores, personas con tonos de piel más clara, que se identifican como mestizos o blancos y que no hablan lenguas indígenas. En el otro extremo, de pobreza abrumadora, se encuentran los hablantes de lenguas indígenas, que se identifican como tales y de tonos de piel morena.

Aunque estos datos no nos hablan directamente de violencias directas como la que ha dado pie a los disturbios en Mineápolis, reflejan una profunda violencia estructural. Para expresarlo en términos morales, son evidentes las deudas sociales con las personas de color de piel oscura y su origen étnico indígena. Creo que una sociedad que se precia de buscar la justicia social no debería esperar a que la gente salga a clamar su derecho a vivir para preocuparse por estas cuestiones.




Alejandro Aguilar

Investigación IMDOSOC


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