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El futuro nos ha alcanzado

Actualizado: 8 jul 2023

Por Alejandro Aguilar


Hace unos días, en una conversación informal con un colega, docente e investigador de la UNAM, dialogábamos angustiados por las dificultades que nos habían sobrevenido para calificar estudiantes en la era de ChatGPT y otras herramientas de inteligencia artificial. En cuanto a nuestra labor, la cuestión se ha vuelto crítica: cada vez es más difícil discernir si un texto fue realizado por el estudiante o generado mediante otros medios. En términos más generales, las cosas no son muy diferentes. La creciente automatización de procesos productivos hace cada vez menos necesarios los trabajos poco cualificados, la inteligencia artificial progresivamente tocará inevitablemente al sector servicios. Las consecuencias están por verse, pero los pronósticos son preocupantes. Volviendo a la conversación con mi colega, mientras nos devanábamos los sesos con estas reflexiones apocalípticas, me soltó con un rotundo pesimismo: “¡lo peor es que nos cayó de la nada! De un día para otro, las empresas decidieron que era el momento de liberar esa herramienta y todo cambió”. No reparé en la queja de momento, más ahora que lo he reflexionado, me parece la cuestión central.


Los avances tecnológicos han sido, desde hace tiempo, una preocupación recurrente de la humanidad. En la primeras décadas del siglo XIX los obreros ingleses protagonizaron una serie de levantamientos en los que destruían las primeras máquinas agrícolas -producto de la naciente revolución industrial- ante la amenaza de sus puestos de trabajo. Durante el siglo XX, particularmente después de la Segunda Guerra Mundial, el mejoramiento de las comunicaciones a escala planetaria (además de la financiarización de la economía) permitieron mudar la producción industrial al llamado Tercer Mundo, donde la fuerza de trabajo era más barata, en detrimento de la clase obrera establecida en los países industrializados. Aún hoy en día la conjunción entre automatización y globalización económica sigue siendo una fuente de descontento, al grado que Donald Trump pudo alcanzar la presidencia de los EEUU con una plataforma política centrada en el asunto.

Antes de que el lector crea que este texto va de un profundo escepticismo, renuncia a la tecnología y vuelta a “la época de las cavernas” (sea lo que se entienda por eso) es pertinente hacer la aclaración: ni apocalíptico ni integrado[1], mi comentario pretende ir a la raíz del problema. En otras palabras, no creo que los avances tecnológicos sean perjudiciales por sí mismos; por el contrario, dependen del contexto social en el cual se desarrollen. La fisión nuclear nos ha dado la bomba atómica y la energía nuclear[2]. Las ciencias médicas han dado cabida a la eugenesia a la par de grandes avances para aumentar la calidad de vida de las personas. Los ejemplos son infinitos… Lo conflictivo, en cambio, se revela en la profunda desigualdad en la que las disrupciones ocurren. Tal como mi colega me decía: no lo vimos llegar y no tuvimos forma de decidir nada al respecto, pero nuestra vida cambió. Lo nuestro es una preocupación menor, una simple anécdota de cómo hemos tenido que repensar nuestro trabajo. No obstante, las disrupciones pueden ser mucho más dolorosas: personas que pierden su fuente de ingreso y se descubren, de un día para otro, “inútiles sociales”.


Aquí yace la complejidad del asunto. En términos reales poco se ha hecho para entender el problema. Las discusiones públicas se satisfacen con respuestas fáciles y extremas: aceptamos el nuevo mundo que los gloriosos avances nos traen (que esconde el cruel neodarwinismo de “adáptate o muere”) o condenamos pérfidamente cualquier cambio. A lo que nos hemos negado es a pensar ¿por qué las disrupciones tecnológicas han traído consigo dichas consecuencias no deseadas? Lo que nos lleva a la cuestión central ¿qué relaciones se han configurado, en este sistema concreto en que vivimos, entre el ser humano y sus creaciones?

Algunas respuestas, esbozadas a lo largo del tiempo, ocuparán mi próxima entrada. ¡Hasta entonces!



[1] Por citar a Umberto Eco, un conocido estudioso de la cultura italiano fallecido hace unos cuantos años. [2] Que es de las mejores opciones que tenemos para lograr un sistema energético sostenible.

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