Hildegarda von Bingen: una voz de hace nueve siglos que nos invita a cuidar la vida
Con un lleno total de 360 personas, el Imdosoc hizo posible un encuentro, que trascendió el escenario para abrir un espacio de diálogo sobre la ecología integral. “Hildegarda. Un aire atravesado por la luz”, una puesta en escena que conecta el pensamiento de una mística medieval con los desafíos actuales del cuidado de la casa común. Al finalizar, el encuentro continuó con el testimonio de Rufina, mujer nahua, emprendedora y defensora del territorio en Cuetzalan, Puebla.

El pasado sábado 10 de octubre, el Auditorio Félix de Jesús Rougier perteneciente al Inhumyc, en el Centro de Tlalpan, recibió a 360 personas que acudieron a la función de “Hildegarda. Un aire atravesado por la luz”. La respuesta del público permitió alcanzar un lleno total (sold out) y abrió un espacio para acercarse a la figura de Hildegarda von Bingen, una mujer del siglo XII cuyo pensamiento sigue dialogando con las preguntas de nuestro tiempo.
Mística, compositora, escritora y estudiosa de la naturaleza, Hildegarda desarrolló una visión que vinculaba el cuerpo, la espiritualidad y la naturaleza. La puesta en escena, dirigida por Clarissa Malheiros y Juliana Faesler, recupera sus escritos, su música y sus conocimientos para reflexionar sobre nuestra relación con la naturaleza y la responsabilidad que tenemos frente a la vida. También establece un diálogo con los saberes de los pueblos originarios y con las mujeres que hoy defienden la tierra y el agua.

Esta lectura contemporánea de Hildegarda encuentra especial relevancia ante la crisis ecológica y la necesidad de reconocer que el cuidado de la casa común no se limita a proteger el entorno natural: también implica cuidar a las personas, sus culturas, sus comunidades y sus formas de vida.
Del escenario a la realidad: cuidar la casa común
Al concluir la función, Karen Castillo, directora del Imdosoc (Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana), agradeció a las actrices y al público su presencia, y recordó el compromiso del Instituto con la difusión del Pensamiento Social Cristiano y el cuidado de nuestra casa común, en sintonía con el llamado del papa Francisco a asumir nuestra responsabilidad frente a la creación.

Posteriormente, la Mtra. Diana Cortés, investigadora responsable del proyecto de Ecología Integral en el Imdosoc, profundizó en esta reflexión y destacó la importancia de compartir experiencias que permitan comprender la dimensión ambiental, social, económica, política y cultural de la crisis que enfrentamos.
En su mensaje, subrayó que la transformación requiere también una conversión ecológica y que las iniciativas comunitarias pueden abrir caminos de esperanza. Fue entonces cuando presentó a Doña Rufina, quien compartió su experiencia como mujer indígena nahua, activista, emprendedora y defensora del territorio en Cuetzalan, Puebla.

Rufina: organizarse para cuidar la tierra y transformar la comunidad
El testimonio de Rufina dio un rostro concreto a las preguntas que atraviesan la obra. A través de su relato, el público conoció la historia de la organización de un grupo de mujeres que buscó mejorar sus condiciones de vida, ejercer sus derechos, generar empleos dignos y preservar los conocimientos heredados de sus antepasadas.
En sus inicios, organizarse no fue sencillo. Las mujeres tuvieron que enfrentar prejuicios dentro de sus comunidades y abrir espacios para reunirse, capacitarse y trabajar juntas. En ese proceso comprendieron que su autonomía económica también requería reconocer sus derechos y distribuir las tareas domésticas y de cuidado de una manera más equitativa.
La recuperación de la medicina tradicional y el conocimiento de las plantas medicinales se convirtió en una parte importante de su trabajo. Pero, como explicó Doña Rufi como la conocen en su comunidad, preservar estos saberes también implica proteger el entorno del que dependen.
“Si no cuidamos los lugares donde estamos, no se dan las plantas, se pierden”, compartió al explicar cómo el uso de herbicidas afecta la vegetación y a los animales que contribuyen a mantener la fertilidad del suelo.

El colectivo que formaron impulsó proyectos productivos, entre ellos un hotel ecoturístico administrado solo por mujeres llamado “Taselotzin”, que permite generar ingresos, fortalecer la economía local y compartir la cultura nahua. A la par, han desarrollado acciones de cuidado ambiental como la separación de residuos, el aprovechamiento de materia orgánica, la captación de agua de lluvia, el uso de energía solar y la recuperación de materiales.
Sin embargo, su experiencia también ha estado marcada por la defensa del territorio ante proyectos que consideran una amenaza para los manantiales, los ecosistemas y la vida comunitaria. Doña Rufi relató cómo la organización y la participación de las comunidades han sido fundamentales para cuestionar iniciativas de turismo masivo y frenar proyectos que podrían afectar su entorno.
Su testimonio recordó que el cuidado de la casa común no es una idea abstracta: se construye mediante decisiones colectivas, conocimientos compartidos y acciones concretas para preservar la tierra, el agua y la cultura de los pueblos.
El público: nuevas miradas y preguntas para el presente
Las conversaciones con algunas personas asistentes permitieron conocer las reflexiones que se llevaron después de la función.

Julio, quien trabaja en una agencia de investigación de mercados y no conocía sobre Hildegarda, señaló que la obra le permitió observar aspectos que normalmente pasan inadvertidos. Para él, uno de los valores del teatro está en su capacidad de transformar perspectivas: “El arte siempre ha sido como un motor que cambia perspectivas, que cambia mentes”.
Natalia, estudiante de Psicología, destacó la relación entre la historia de Hildegarda, la herbolaria y los desafíos que enfrentan actualmente las mujeres y los territorios indígenas. Su reflexión apuntó a las consecuencias que ciertos proyectos económicos pueden tener sobre las culturas y las comunidades.
Por su parte, Julieta Tapia expresó su admiración por la valentía y la fortaleza de quienes defienden su territorio, sus raíces y los conocimientos vinculados con las plantas. También reconoció que todas las personas podemos contribuir a mejorar el mundo si observamos nuestro entorno y comprendemos las raíces de los problemas.
Aunque cada testimonio partió de una mirada distinta, coincidieron en reconocer la capacidad del arte para abrir preguntas, ampliar perspectivas y acercarnos a realidades que no siempre conocemos.
Una experiencia que continúa fuera del teatro
Este intercambio permitió dar visibilidad a iniciativas productivas que vinculan el trabajo, los saberes tradicionales y el fortalecimiento de las economías locales.
Para el Imdosoc, la presentación de “Hildegarda. Un aire atravesado por la luz” fue una oportunidad para acercar al público una propuesta artística que dialoga con los principios del Pensamiento Social Cristiano y con el compromiso de promover una sociedad más justa, solidaria y respetuosa de la dignidad humana y de la creación.
La figura de Hildegarda y la experiencia compartida por Rufina convergieron en una misma invitación: reconocer que el cuidado de la vida requiere integrar conocimientos, escuchar a las comunidades y asumir nuestra responsabilidad procurando una vida digna para todas y todos.
Porque el cuidado de la casa común no se limita a una reflexión; como nos recuerda el papa Francisco en Laudato si’, «todo está conectado» y cuidar nuestro planeta implica reconocer que nuestra relación con la naturaleza está profundamente ligada a la manera en que nos relacionamos con los demás, defendemos la dignidad humana y construimos nuestras comunidades.





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