• Alejandro Aguilar

Justicia por propia mano


Ilustración: Monserrat Paz

Una persona se subió al transporte, vigilado por la lente de la cámara en la esquina. Se dirige a los demás ocupantes, les demanda sus cosas. Campante emprende la huida, pero es detenido. Caen sobre él una retahíla de golpes por doquier. Los otros, fúricos, le asestan sin descanso. La escena anterior no tiene nada de ficción. No sólo porque ocurrió el 4 de agosto y fue grabada en las cámaras, sino porque refleja una realidad cotidiana. La grabación que se viralizó en días posteriores da que pensar a propios y extraños… ¿De dónde viene tanto enojo contenido? ¿Frustración? ¿Pasiones malsanas? O podemos entrar al ámbito de la reflexión moral y preguntarnos… ¿Fue una reacción justificada?


Dejando de lado dichas reflexiones, pienso pertinente detenernos sobre el problema desde una óptica diferente. El síntoma, sabemos bien, es aquella manifestación de una alteración subyacente. No es la enfermedad por sí misma, sino sólo los “cómo” y “cuándo” se revelan. Si pensamos la escena antes descrita como un síntoma que se repite frecuentemente de una enfermedad social, quizá algo diferente podremos descubrir.


Antes que nada, debemos cuestionarnos por el origen mismo del altercado. Un buen médico desecha un mal diagnóstico, como el que algunos han propuesto cuando afirman que la reacción violenta contra el asaltante es característico de personas de poca educación y niveles de ingreso bajo. Por un lado, dicha posición es una insinuación para criminalizar la pobreza, al considerarla una condición de violencia. Por el otro lado, la información que hay a la mano no sustenta esa idea.