La cuestión urbana (y una ”Feliz Navidad!)
- AcadƩmicos IMDOSOC
- 15 dic 2021
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La ciudad como utopĆa del progreso
La idea del progreso ha estado siempre vinculada a la ciudad. En la antigua MesoamĆ©rica, asĆ como en otras ācunas de civilizaciónā, las primeras ciudades nacieron de una primigenia revolución agrĆcola que permitió elevar la productividad del campo y alimentar las primeras ciudades.[1] DespuĆ©s, alrededor del siglo XIX, la revolución industrial se acompañó de otra rĆ”pida transformación agrĆcola que permitió que grandes proporciones de población emigraran a las ciudades a trabajar en las fĆ”bricas.[2]
En formulaciones posteriores que idealizaban la revolución industrial y sus consecuencias, la urbanización siempre fue percibida como un rasgo promisorio del desarrollo.[3] Si este tenĆa un lugar, definitivamente era en la ciudad, siempre percibida como un polo de creatividad, innovación o productividad. En las ciudades se fraguaban proyectos y desde ellas los gobiernos dirigĆan. Las ciudades funcionaban como centros económicos de intercambio y quien querĆa una vida de provecho se dirigĆa āa la ciudadā a probar fortuna (hay mĆŗltiples relatos al respecto).

Las deudas de las ciudades
La historia del desarrollo urbano estĆ” colmada de ejemplos que desmienten esa narrativa. Desde la revolución industrial las ciudades emergentes se convirtieron en lugares problemĆ”ticos. CrecĆan muy rĆ”pido y sin demasiado orden, pobladas de gente desarraigada del campo que se encontraba en la ciudad como extranjera. No es casualidad que la noción āla cuestión socialā se haya acuƱado en la misma Ć©poca, que la preocupación fueran los obreros de las ciudades y que un motivo recurrente de denuncia fueran las condiciones de hacinamiento en que vivĆan.[4] PodrĆamos decir, obviando un poco, que la cuestión social fue desde un principio la cuestión urbana.
La ciudad de MĆ©xico no es excepción a la regla. A pesar de haber crecido tardĆamente (apenas el siglo pasado) tiene sus problemas que la alejan del modelo utópico imaginado. A manera de demostración, unos pocos datos:
Ā· Para 2018, 33.2% de la población vivĆa en situación de pobreza moderada y 17.9% en situación de pobreza extrema (sumando en total 51.1%).[5] Es decir, 1 de cada 2 personas se encontraban en esta condición.
Ā· SegĆŗn la encuesta intercensal de 2015, 21.4% de la población vivĆa en viviendas rentadas, un aumento de 4 puntos con respecto al 2000. Si se contemplaban Ćŗnicamente zonas de alta plusvalĆa como las alcaldĆas Benito JuĆ”rez, CuauhtĆ©moc y Miguel Hidalgo, subĆa a 36%.[6] Esto significa que 1 de cada 3 personas en esas delegaciones no tenĆa casa propia.
Ā· El dato anterior, relativamente bajo, no debe hacernos olvidar que para 2018 49.2% de la población vivĆa en condiciones de carencia o pobreza de vivienda.[7]
Volver a valorar lo ātradicionalā
Definitivamente es imposible volver masivamente a la vida en el campo, al menos en el corto plazo. Aunque ciertos movimientos ambientalistas e igualitarios los plantean con vehemencia, los denominados neorrurales, probablemente sea algo que tome un muy largo tiempo y un esfuerzo colosal de cambio de mentalidad. Lo cierto es que en muchos sentidos las ciudades son insostenibles ecológicamente y sin la intervención cuidadosa del Estado reproducen desigualdades a escala espacial.
Aunque no pretendo hacer campaƱa por regresar a la campiƱa y rencontrarle el gusto a la vida austera (propuesta que, he de confesar, encuentro interesante), creo que mucho podemos aprender de esas formas de vida que otrora calificamos como āatrasadasā o, en el mejor de los casos, tradicionales. Reflexionemos, por poner un ejemplo, en la manera en que pensamos el espacio.
El pensamiento urbano difĆcilmente puede entender las luchas de defensa del territorio. En la ciudad, quien renta un espacio sabe que lo debe desocupar. Quien posee un inmueble en renta lo ve como un generador de valor (ya sea que el valor del inmueble se aprecie o que genere un ingreso constante, una renta). En cambio, en el Ć”mbito rural el territorio aĆŗn tiene una historia entrelazada a la comunidad, un significado propio, una identidad e incluso una afectividad. Mientras nuestra relación con el espacio es instrumental, fuera de la ciudad aĆŗn posee un aura invaluable.
Es por esta razón que a los desarrolladores inmobiliarios, a los gestores públicos de proyectos y demÔs conductores del desarrollo les cuesta trabajo entender cuando una comunidad se aferra a la tierra polvorienta. Se asombran porque solo ven los números que se inflan, pero no calculan los simbolismos...
Pasando a asuntos parroquialesā¦
Ā”Feliz Navidad a todas las personas que tienen a bien repasar estas lĆneas! Que en estos tiempos aciagos, de fronteras cerradas, no olvidemos la esencia de esta celebración: la hospitalidad y el amor. No olvidemos que somos todos migrantes y por la vida vamos, encontrĆ”ndonos.
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BIBLIOGRAFĆA:
[1] VĆ©ase: Ćngel Palerm, Agricultura y Sociedad En MesoamĆ©rica (MĆ©xico: SecretarĆa de Educación PĆŗblica, 1972). [2] VĆ©ase: Paul Bairoch and Gary Goertz, āFactors of Urbanisation in the Nineteenth Century Developed Countries: A Descriptive and Econometric Analysis,ā Urban Studies 23, no. 4 (1986): 285ā305, https://doi.org/10.1080/00420988620080351. [3] VĆ©ase el clĆ”sico texto de W.W. Rostow, The Stages of Economic Growth. A Non-Communist Manifesto (London: Cambridge University Press, 1971). [4] Tampoco es casualidad que los famosos cuentos de Sir Arthur Conan Doyle y su famoso detective Sherlock Holmes estĆ©n ambientados en la Ć©poca, con sus descripciones de Londres como una ciudad sombrĆa y siempre sucia de smog, de intrincadas callejuelas pobladas de personas marginadas donde campeaba el crimen y la corrupción. La ciudad, no podemos soslayar, es un persona principal de la trama (aunque muchas veces invisible). [5] āMedición de La Pobreza En La Ciudad de MĆ©xico,ā 2019. [6] Jaime Sobrino, āViviendas En Renta En Ciudades Mexicanas,ā Estudios Demograficos y Urbanos 36, no. 1 (2021): 9ā48, https://doi.org/10.24201/edu.v36i1.1923. [7] āMedición de La Pobreza En La Ciudad de MĆ©xico.ā







