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No desperdiciar a las personas. Entre el descarte de personas y alimentos.

Por Gerardo Cruz


En una sociedad post industrial, individualista, centrada en el ídolo del dinero, nunca mejor expresada en la imagen bíblica del becerro de oro, acompañada de su santoral, su pedestal y un altar a la competitividad y al "encanto" de lo desechable que ha llevado a la sociedad a la comprensión del otro, de la hermana y del hermano, también como descartables, conviene revalorar a cada persona en su justa dimensión, con sus dones y no marginarlos porque ello constituye la cultura del descarte. Esa revaloración de las personas y los dones es, en términos del Papa Francisco, una "ecología de justicia y caridad".

Para ello, el papa propone tres recomendaciones, características de los "pobres de espíritu" de los que habla Mateo (5,1-12). Los presenta en forma de desafíos. En primer lugar, está la tarea de valorarnos como personas, "el don que somos"; no desperdiciarnos. Segundo, no desperdiciar los dones que tenemos. Y tercero, no descartar a las personas.


En general, en todas las relaciones sociales, especialmente en las relaciones laborales, hay un descarte de personas y dones, precisamente por la ética impuesta por el capitalismo individualista. La valoración de las personas y sus dones expresados como trabajo, es lo que Juan Pablo II denominó el carácter objetivo y subjetivo del trabajo. En efecto, la genialidad, la creatividad, la espiritualidad que se deja en cada trabajo realizado por cada trabajador debe valorarse. En cambio, las reglas de la competitividad, modo eufemístico de hablar del afán de poder y de dinero, imponen y normalizan el "úsese y tírese".

Pero no sólo es cuestión de tener o no empleo, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha insistido en que, alrededor del mundo, millones de personas viven en situación de pobreza extrema o moderada aun cuando tengan empleo.



La sociedad post-industrial profesa el descarte, usa a las personas hasta que le sirven, las descarta y las tira cuando ya no son de utilidad, cuando ya no son de interés, o cuando son consideradas un obstáculo o una carga. El papa Francisco remata la idea con la sentencia: "y se trata así especialmente a los más frágiles". Ante el poder que avasalla sin piedad, los más pobres y frágiles son los más vulnerables al descarte.


Aprender de los "pobres de espíritu", aquellos que saben que no se bastan a sí mismos, que no son autosuficientes y por lo tanto necesitados de Dios. En esta precariedad existencial, tienen la sabiduría, tan profunda como sencilla de reconocer que todo es don y gracia, que todo viene de Dios.

Esta sabiduría tiene que ver con la revaloración de los alimentos. El desperdicio de comida es aterrador: ante profundas crisis alimentarias, hambrunas y malnutrición, hay un tercio de la producción de alimentos que se desperdician.



Para la FAO, el desperdicio de alimentos es muy preocupante especialmente en países del sur global. El desperdicio debe entenderse no sólo en cuanto a la cantidad de alimentos desechados, también se refiere a la disminución en la calidad de los alimentos. Mucho de este desperdicio resulta de las decisiones y acciones de proveedores de servicios alimentarios, como los restaurantes o expendios pequeños de pan, comida etc., de los consumidores y del manejo de alimentos en las casas.

Hay una relación estrecha, que es un modo de desprecio, entre descarte de personas y desperdicio de alimentos, así como entre descarte laboral e injusticia social.


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