Pensamiento social cristiano y Justicia

Por David Vilchis


Justicia es uno de esos términos que se invocan con mucha facilidad, pero que en realidad es polisémico. Las varias acepciones que tiene, si bien no son opuestas, sí tienen ciertos matices que cambian la forma de entenderla, practicarla y luchar por ella. De entrada, usualmente se asocia con la legalidad: ser justo es respetar la ley. Pero también tenemos la ya clásica definición de dar a cada uno lo que le corresponde.


Esta distinción se encuentra desde Aristóteles, quien en su reflexión sobre la injusticia, colocó sobre la mesa dos definiciones: “parece que es injusto el transgresor de la ley, pero también lo es el codicioso.” (Ética Nicomaquea, 1129b) Como se ha comentado, el primer sentido nos es familiar a todos, pero ¿por qué el codicioso es injusto? Porque su ambición lo lleva a poseer más de lo que le corresponde a expensas de los otros. Así, la justicia es la virtud que debe moderar el apetito insaciable de posesión de bienes, el cual es el causante de la aparición de las desigualdades que impiden la realización y consolidación del orden justo.


En este sentido, el pensamiento social cristiano de los Padres de la Iglesia, retomando la crítica evangélica a la riqueza, abonó a la comprensión de la justicia distributiva. Por un lado, a través de la sentencia severa contra la acumulación de bienes más allá de lo que necesitamos para subsistir. Por ejemplo, San Basilio denuncia a quienes se apoderan de “lo que es de todos y se lo apropian, sólo porque se han adelantado a los demás”, pues “si cada uno se contentase con lo indispensable para atender a sus necesidades, no habría ricos ni pobres.”

Por otro lado, los padres de la Iglesia tienen la intuición de lo que actualmente discutimos como uno de los problemas de la meritocracia, es decir, que la acumulación de bienes, aun cuando son adquiridos legalmente, puede descansar en arreglos estructurales injustos que reproducen y legitiman la desigualdad. En este sentido, por ejemplo, San Cirilo denuncia la sangre que llevan consigo los bienes ostentosos y opulentos, pues “si vendieras una sola de tus joyas, distribuyendo su precio entre los pobres, conocerías por las necesidades remediadas cuántos sufrimientos vale tu ornato.” No obstante, sin duda, San Juan Crisóstomo es quien tiene la pluma más severa en esta denuncia cuando, por ejemplo, afirma que “forzosamente, el principio y raíz de tus riquezas proceden de la injusticia porque Dios, al principio, no hizo al uno rico y al otro pobre, sino que dejó a todos la misma tierra [entonces] ¿De dónde, pues, siendo la tierra común, tienes tú tantas yugadas de tierra y tu vecino ni un palmo de terreno?” San Agustín desarrolla esta idea cuando explica que: “Las riquezas son injustas o porque las adquiriste injustamente o porque ellas mismas son injustas, ya que tú tienes y otro no tiene, tú abundas y otro vive en la miseria.”



Nuevamente, en estas frases que ocupamos de ejemplo subyace la intuición de que la injusticia que reproduce y legitima la desigualdad no se presenta únicamente en el despojo cínico de bienes a otras personas, sino que la misma generación de la riqueza, aun cuando se realiza legalmente y por “mérito propio”, es injusta por razones que actualmente denominamos estructurales, es decir, por arreglos injustos propios de los sistemas socio-económicos que favorecen a unos y desfavorecen a otros, invalidando todo mérito. Con esto no quiero hacer decir a los padres de la Iglesia cosas que no dijeron, sino conectar sus intuiciones con las discusiones contemporáneas sobre las desigualdades.


¿Qué cabe hacer ante tal situación? La redistribución de la riqueza bajo el entendido de que estamos devolviendo lo que por derecho pertenece a la persona descartada. Es en este sentido que San Ambrosio considera ladrón no solo a quien despoja, sino también a quien acumula, pues, “el abrigo que cuelga sin usar en tu guardarropa pertenece a quien lo necesita; los zapatos que se están estropeando en tu armario pertenecen al descalzo; el dinero que tú acumulas pertenece a los pobres.” Pero, ¿por qué pertenece a ellos? Porque por arreglos estructurales desiguales e injustos, histórica y sistemáticamente se han visto privados del acceso a los bienes más indispensables.


Por ello es que en nuestro actuar hemos de mostrar una opción preferencial por las personas descartadas. Por ello es que bíblicamente Dios ha mostrado predilección por las y los últimos de la historia, identificándose con el sufriente a tal grado que todo lo que no hagamos con el más pequeño de nuestros hermanos, no lo hicimos con Dios mismo. (Cf. Mt. 25, 31-46)

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