Ser personas subsidiarias es aprender a desdibujarnos

Por Alejandro Aguilar


La subsidiaridad es con frecuencia uno de los principios peor comprendidos o menos problematizados en lo relativo a la justicia social. En resumen, solemos decir que es mejor “enseñar a pescar que dar pescado”, pero en muchas ocasiones la situación no es tan sencilla. Creo que es posible identificar dos focos de atención sobre los cuales es necesario tener cuidado. Los señalaré a continuación.


Ejercicios de poder

En la asistencia al desvalido se juegan muchos matices. En ocasiones reproducimos las mismas relaciones de dominación y desigualdad que, en el discurso, pretendemos corregir. Esto ocurre incluso inadvertidamente, razón por la cual es necesario redoblar la reflexión sobre nuestros actos. Pensemos, por usar un conocido ejemplo, en la persona a la que queremos enseñar a pescar para que no tenga que mendigar su sustento:

· ¿Qué sucede si la sometemos al proceso de entrenamiento sin considerar lo que ella quiere? ¿Si le obligamos a ser pescador contra su voluntad? En tal caso estamos siendo violentos, reduciendo a la persona a una simple extensión de nuestro deseo. A esto comúnmente le llamamos paternalismo: mantener a los descartados en la eterna infancia, lo cual significa nunca tener que tomar decisiones.


· ¿Qué sucede si exhibimos al recién reformado pescador como nuestro trofeo? ¿Cómo la muestra de lo buenas personas que somos y lo mucho que hacemos por los demás? Dichas actitudes desvirtúan la ayuda, haciéndola menos un don para los demás que una rosa para nosotros mismos. Además, conlleva a exotizar el subsidiado. Deja de ser la persona para convertirse en una presea más en nuestra vitrina. Su historia, su sentir y su identidad ya no importan; sólo es aquel con quien me adorno.

· ¿Qué implica que induzcamos al oficio al pescador como una forma de tener pescado fresco, rápido y barato en nuestra mesa? ¿No es esto una forma de instrumentalizar la subsidiariedad para nuestro propio beneficio? Estoy consciente de que quien ayuda también tiene que vivir de algo y no es en absoluto reprobable ganarse la vida en el servicio a los demás. No obstante, cuando la caridad ayuda a justificar desigualdades y acumular privilegios el acercamiento al prójimo pierde toda credibilidad.



Ayudar es siempre una relación compleja. Hemos de meditar constantemente si el poder (entendido como capacidad o posibilidad) ayudar se está convirtiendo en poder (como disposición a dominar y abusar), para renunciar a ello. Ser personas subsidiarias es aprender a desdibujarnos, a dejar de ser protagonistas del cambio. A renunciar en nuestra práctica de nuestras ventajas.


Echeleganismo

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman solía afirmar que el espíritu de nuestra era consiste en “pedir soluciones biográficas a problemas sistémicos”. Es decir, esperar que las personas en calidad de descartadas resuelvan los problemas por sí solos, en su totalidad. La subsidiariedad, entendida en un sentido limitado, se conforma con eso: “te he de enseñar a pescar para que no vuelvas a pedir pescado”. Sin embargo, en muchas ocasiones eso no basta. En el contexto en que vivimos no es suficiente. Enseñar a pescar es un buen comienzo para mitigar el hambre, pero hoy en día tendríamos que preocuparnos por una serie de factores adicionales:


· Habrá que regular que el lago no esté contaminado por alguna fábrica o industria extractiva que vierta sus desechos en el lugar (justicia socioambiental).

· Habrá que procurar que el pescador pueda tener acceso a un mercado donde vender su pescado a un precio justo, que le alcance para saciar sus necesidades (justicia económica).

· Habrá que vigilar que no se encuentre vulnerable frente al abuso de pescadores más acaudalados, del mercader o gobernante, que puedan afectar sus intereses legítimos, asegurando que siempre esté en igual de condiciones a la hora de tomar decisiones (democracia e igualdad).

· Habrá que organizar a la comunidad para que el pescador pueda tener acceso a salud, a educación, a esparcimiento y todos los demás aspectos del bienestar…


La lista podría seguir y seguir, buscando agotar la infinidad de problemas que puede encontrar el pescador incluso ya sabiendo pescar. ¿Acaso la subsidiariedad no incluye, también, el cambiar las estructuras adversas a la realización personal? Francisco, en Fratelli Tutti, tiene esa opinión cuando distingue entre el amor elícito y el amor imperado. El primero es aquel en el “que son los actos que proceden directamente de la virtud de la caridad, dirigidos a personas y a pueblos”. El segundo refiere a “aquellos actos de la caridad que impulsan a crear instituciones más sanas, regulaciones más justas, estructuras más solidarias” (Francisco, Fratelli Tutti: para. 186).

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