La cultura del descarte. Un itinerario de reflexión Parte 1

La cultura del descarte como una imagen evocadora


En el pensamiento del papa Francisco, la fórmula de la “cultura del descarte” ha aparecido evocada de cuando en cuando. Aunque juega un papel central a la hora de denunciar las injusticias de las sociedades que habitamos, apenas ha merecido un espacio de reflexión detallado sobre lo que significa. En las palabras de Francisco, se trata más bien una metáfora para denominar los arreglos sociales desiguales y ambientalmente predadores. Dicha figura literaria nos lleva de la imagen concreta, por ejemplo la moda rápida (fast fashion) en la cual se compra una prenda para usarse un par de veces y después se echa a la basura, a su uso amplio y no literal, como cuando referimos a los empleos “flexibles” que tanto abundan actualmente en donde las personas son enganchadas sin contratos, prestaciones ni horarios definidos y que, por lo tanto, pueden ser despedidos a la menor necesidad empresarial.


Una primera conceptualización

Para abordarlo en términos más concretos hace falta aclarar una serie de nociones. Entendemos, en primer lugar, por cultura a un entramado de significados, expresables de diversas maneras, en los cuáles los seres humanos vivimos y con-vivimos. La cultura, a fin de cuentas, es una forma de vida y puede ser apreciada en la forma artificial en que presupone como aceptables ciertos comportamientos (nada naturales) e inaceptables otros. Hasta este punto, hemos clarificado la primera parte de la frase. La segunda, aunque algo transparente en su intención, nos obliga a reflexionar. ¿Qué se entiende por “descarte” en el sentido amplio que Francisco le otorga?

De forma muy personal, quisiera presentar una definición preliminar:


Entiendo por cultura del descarte al sistema de discursos, prácticas y creencias que naturaliza y promueve una clasificación binaria en dos niveles. Por un lado, entre personas llamadas productivas cuyas vidas son consideradas valiosas y alrededor de las cuales el sistema socioeconómico está diseñado frente a personas llamadas improductivas, cuyas vidas son posiblemente descartadas (o al menos marginadas) y que se encuentran en el mundo como un lugar hostil. Por otro lado, entre espacios, recursos y formas de vida considerados aprovechables y rentables que se buscan explotar versus los ya aprovechados o considerados no utilizables a los que se transmiten los daños socioambientales.


Se trata, a fin de cuentas, de una primera aproximación a un fenómeno complejo. Tiene la gran ventaja, como toda definición, de ser abstracta. A mi parecer, puede dar cuenta de patrones o formas en las que se produce y se expresa la desigualdad. Para mayor claridad me permitiré dos ejemplos.


El primero lo tomo prestado del sociólogo Zygmunt Bauman quien llamaba la atención sobre las paradójicas relaciones entre turistas y migrantes. ¿Qué es lo que ambos tienen en común? Ambos se mueven. ¿Qué tienen de diferente? Mientras que los primeros son considerados valiosos, promotores del desarrollo, portadores de divisa y demás bondades, los segundos son considerados peligrosos, saqueadores de empleo, vividores de la economía o de la seguridad social. Nada más alejado de la realidad, como lo demuestra Raúl Delgado Wise y sus colegas en un interesante artículo donde demuestran como la sociedad norteamericana se ha beneficiado del continuo flujo de migrantes. Sin embargo, mantener invisibilizados y marginados a los migrantes sólo favorece su explotación, estigmatización cultural y dominación al servicio del sistema.


El segundo ejemplo, el Tren Maya, ya lo he tratado ampliamente en los blog de IMDOSOC. En este caso vemos aterrizar la cultura del descarte en el territorio, como un sistema que lo fragmenta bajo un criterio económico sin importar las condiciones sociales y ambientales que en él existen. Habrán quienes serán desplazados para instalar las vías y los nuevos complejos turísticos, en los territorios que son considerados valiosos y deben ser aprovechados, y tendrán que moverse o “ser reubicados” a zonas periféricas, concebidas descartables para su aprovechamiento turístico. No es coincidencia que las personas descartadas vayan a parar a las zonas descartadas, es un mismo sistema…


En la próxima entrada ahondaré en otras ideas que producen el entramado complejo de la cultura del descarte. ¡Hasta entonces!


Alejandro Aguilar

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